Opinión |2 Ene 2009 - 7:08 pm

Juan Carlos Botero

¿Propósitos nuevos o autocrítica necesaria?

Por: Juan Carlos Botero

LA ESCENA LA CONOCEMOS TODOS: es fin de año, y la gente reunida en una cena o fiesta, con amigos y familiares, hacen el conteo regresivo de los últimos segundos del mes de diciembre y, a las doce en punto, lanzan gritos de alegría y se abrazan con fuerza y se desean un feliz año nuevo.

De otro lado, cada uno ha hecho, en público o en privado y antes o después de ponerse los sombreritos puntiagudos y de hacer silbar los pitos y las cornetas de juguete, su lista de propósitos para el año que viene. Y eso está bien. Lo extraño es que pocas veces he visto que alguien recuerde o repase su lista del año anterior, para ver cuáles metas cumplió y cuáles no, y de esa manera hacer un balance o un ajuste de cuentas con su propia realidad. En una palabra, no hay autocrítica. Lo cual es algo que las personas no solemos hacer por temor a los resultados. Por eso dijo Mafalda: “Nadie es buen Sherlock Holmes de sí mismo”.

Sin embargo, siempre he pensado que la celebración del año nuevo es una oportunidad perdida para realizar una saludable reflexión acerca de qué se ha logrado a título individual. Reitero que no me parece mal planear el año que viene, y las resoluciones de fin de año sirven como una guía para proyectarnos hacia adelante, trazando metas que, pensamos, deberíamos alcanzar en los 365 días que siguen. Es como los planes quinquenales que hacían los países socialistas pero a escala personal y por sólo un año, y eso, insisto, es positivo y resulta necesario para ver en qué dirección nos pensamos mover, qué nos falta alcanzar y cuáles montañas todavía nos quedan por escalar o cuáles cumbres yacen sin coronar. Pero falta una parte en esa tarea, y es la introspección personal para comprobar, con base en lo que planeamos el año pasado, en qué dirección en efecto nos movimos, cuáles abismos recorrimos (los que nunca sospechamos que íbamos a tener que conocer), qué cimas llegamos a tocar y, más importante todavía, qué vimos una vez alcanzado ese pináculo tan alto, qué paisajes y cuáles nuevos despeñaderos entrevimos. Lo dijo antes y mejor Sócrates: “La vida que no es examinada no vale la pena ser vivida”.

Esa reflexión individual es siempre importante. No necesariamente agradable, pero sí fecunda en enseñanzas. Y sólo con base en esa toma de conciencia podemos mirar el camino recorrido y ver qué tanto nos acercamos o nos alejamos de nuestras propias metas. Entonces aquel hombre que se propuso pasar más tiempo con sus hijos se tendrá que responder si lo logró. Y aquél otro que deseó ser más generoso, ¿lo pudo hacer? Y aquella señora que quiso ser una mejor persona, ¿sí lo hizo? Y aquella persona que deseó reconciliarse con algún miembro de su familia, o aquella otra que aspiró a lograr tal cargo en la empresa, o esa que se prometió dejar un vicio o enderezar su conducta, ¿qué tanto se acercó a su objetivo? Se ha citado demasiadas veces la famosa frase de Santayana en referencia a la historia de las naciones: “Quien no recuerda el pasado está condenado a repetirlo”. Pero lo mismo se puede decir de las personas, y estas épocas de fiestas son propicias para emprender esa reflexión a fondo, y no sólo para lanzar la mirada hacia el futuro, con la ilusión de alcanzar nuevas metas, sino también para hacer lo que casi nunca se hace: un alto en el camino para mirar el pasado y concluir, con la mano en el corazón, cuánto nos acercamos a nuestras ilusiones del año pasado. Tal vez, de esta manera, podremos saber, de verdad, cuál es nuestra realidad más íntima y sincera. Y eso siempre será preferible a seguir persiguiendo nuestra propia sombra… de año en año.

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