Opinión| 25 Oct 2008 - 10:00 pm
NOTAS TÁCITAS
Por fin un llamado
Por: Juan Esteban Constain
Y aunque aquí también se hacen ponencias magistrales sobre cualquier cosa, lo importante es precisamente lo otro, lo que se refiere de veras al festival: los chismes, las anécdotas, las conversaciones, las discusiones y la música, el cine, la comida, la intriga.
Y este año en el encuentro, luego de 4 días de reflexiones sobre el destino de los europeos, pasó algo maravilloso: todos los invitados firmaron un documento que ya se conoce como el “llamado de Blois” (www.lph-asso.fr), y en él, palabras más palabras menos, les exigen a los gobiernos del mundo, pero también a las ONGs y a los jueces, a los Partidos y a las iglesias, a Paris Hilton y a Baltasar Garzón –mejor en todo la primera que el segundo, sin duda–, que no se atrevan más a imponer verdades históricas, independientemente de su validez moral, por el camino de la penalización que prescriben las llamadas “leyes de la memoria”. Que dejen que los historiadores, y los ciudadanos, piensen lo que se les dé la gana sobre el pasado y su significado, que ya vendrá la ciencia, o la crítica, o el olvido que seremos, a poner las cosas en su sitio.
Y el asunto es muy pertinente, pues no sólo se refiere a cuestiones teóricas sobre la responsabilidad social de la historia como disciplina, sino también a la manera misma en que la sociedad se reivindica desde la memoria. Pero una cosa es el reconocimiento histórico de la infamia y sus secuelas, y otra muy distinta, casi igual de infame, que las buenas intenciones y el espíritu de reparación produzcan un sistema opresivo en el que los historiadores, o los escritores o quienquiera, puedan acabar en la cárcel por publicar lo que opinan o lo que investigan.
No en vano el llamado se levanta desde Francia. Allí se han firmado leyes en que se hace la justa expiación de los horrores de Occidente (como el genocidio armenio o el Holocausto, o la esclavitud del siglo XVI), pero imponiendo incluso la prisión a quien se atreva a disentir en público de la verdad oficial que esas leyes prescriben. Es decir, el más implacable de los fascismos: aquel que se ejerce en nombre de las buenas intenciones.
Porque lo peor de la gente estúpida no son sus ideas sino su estupidez, que puede ir vestida de cualquier manera.
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Juan Esteban Constain
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