Por: Juan Gabriel Vásquez

El Nobel y sus efectos

La academia sueca lo ha hecho de nuevo. Al Gore, el vicepresidente de Clinton, el que ganó las elecciones del año 2000 y sin embargo no las ganó, el que en el último año ha lanzado un documental (premiado con el Oscar) y ha publicado un libro (premiado con buenas ventas), ahora acaba de recibir el premio Nobel de la Paz. Y así como a muchos nos parece más bien raro que el Nobel de Literatura se haya politizado tanto en los últimos treinta años, con el Nobel de la Paz no hay debate posible: es un premio político. En otras palabras: al otorgarlo, la Academia Sueca siempre está haciendo mucho más que otorgarlo. Igual que al no otorgarlo -por ejemplo, a Gandhi- también hace mucho más que eso. Es uno de esos premios donde siempre hay segundas intenciones.

Lo habíamos comenzado a sospechar en el caso de Jimmy Carter, uno de los presidentes más superfluos del siglo XX, cuyo premio parecía destinado simplemente a irritar a Bush. Pero el caso de Gore es evidente. Sus esfuerzos por seguir insistiendo con el impopular tema del calentamiento global, incluido ese documental tan falible como necesario, no entran ni por asomo dentro de las reglas de la Academia: ni contribuyen a la fraternidad entre los pueblos, ni reducen los ejércitos permanentes de ningún país. Pero al darle el premio la Academia ha querido llamar la atención, no sobre lo que distingue a Gore, sino sobre lo que lo distingue de Bush. Es una especie de reflexión que en los medios de Estados Unidos se utiliza mucho y para muchas cosas, y que puede resumirse en dos palabras inglesas: "What if". En más palabras y en español: "Qué habría pasado si".

Porque gracias al Premio Nobel, eso es lo que se pregunta la mitad de los Estados Unidos en estos momentos: qué habría pasado si en el año 2000 la Presidencia le hubiera tocado al que más votos tuvo (o sea, él), en lugar de al primo del gobernador del Estado donde se decidió todo (o sea, Bush). Qué habría pasado si el presidente se hubiera opuesto a la invasión a Iraq (como hizo él en 2002), en lugar de embarcar alegremente a su país en una guerra ilegal por razones mentirosas (como hizo Bush en 2003). Qué habría pasado si durante los últimos años Estados Unidos hubiera tenido como presidente a alguien capaz de explorar ideas con la complejidad suficiente como para escribir un libro (como él), en lugar de tener a alguien incapaz ya no de escribir un libro, sino de hilar un discurso sin meter la pata de maneras grotescas (como Bush). Cualquiera que haya visto Una verdad incómoda -repito: tan falible como necesario- termina el documental pensando no tanto en lo que Gore ha hecho, sino en lo que Bush nunca sería capaz de hacer.

Y ahora, como resultado directo del premio, el "qué hubiera pasado" se ha convertido en un "qué pasará". Porque lo que se ha abierto con la elección de la Academia es la posibilidad de que Gore se meta por segunda vez en la campaña por la Presidencia. Y no carecería de lógica: es fácil imaginar un escenario demócrata en el que Gore, con su nivel de experiencia y la frustración de millones de electores ante la derrota de 2000, sea capaz de llevarse por delante a Hillary Clinton y a Obama. Y ya nominado como candidato de su partido, Gore tendría magníficas posibilidades ante cualquier republicano, más aún tras ocho años de constante y casi terco desprestigio del nuevo conservatismo. Rumsfeld y los suyos manifestaron más de una vez el desprecio que sentían por la "vieja Europa"; ahora, la "vieja Europa" parece otorgarle el centro del escenario a uno de los peores enemigos de la derecha norteamericana.

No hay ninguna razón objetiva para pensar que Gore vaya a lanzarse, pero sería ingenuo creer que la Academia no tuvo en mente su vida política al momento de premiarlo. En Una verdad incómoda, Gore comienza diciendo: "Yo fui el próximo presidente de Estados Unidos". Tal vez el Nobel le haya dado la vuelta al verbo de esa frase.

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