Juan Gabriel Vásquez 4 Dic 2007 - 3:35 pm

La política racional

Juan Gabriel Vásquez

Durante esta semana de tensiones entre Venezuela y Colombia (o entre sus dos gobernantes, o entre las dos personalidades de los dos gobernantes) el desgaste ha sido brutal: desgaste para los ciudadanos, por supuesto, pero también desgaste para conceptos mucho más abstractos, mucho menos tangibles.

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Los efectos de lo que está sucediendo se verán a largo plazo, pero lo que parece inevitable, como tantas veces, es que sea la democracia la que salga perdiendo. O mejor: la política. Es algo que ya es costumbre para los latinoamericanos, y tal vez por eso no resulte sorprendente; pero hubo un tiempo en que la política hacía cosas. Hoy, por lo menos en este rincón del mundo, la política es una simple serie de pataletas más o menos elaboradas, cuya víctima siempre es el ciudadano. Es decir, el que está fuera de la política.

"En la orilla americana crecen estados frágiles, intervenidos por poderes fácticos, acechados por la ilegalidad, la violencia y el descrédito de instituciones claves: para empezar, los políticos y sus partidos”. Las palabras son del escritor mexicano Héctor Aguilar Camín, y se aplican, con distintos grados de pertinencia, a este momento crítico. Las encontré en un librito de 112 páginas que deberían leer los dos gabinetes de Colombia y Venezuela: Voces de Iberoamérica. Se trata de una serie de entrevistas entre Juan Ramón de la Fuente, rector de la Universidad Autónoma de México, y seis personajes, desde el novelista Carlos Fuentes hasta el ex presidente español Felipe González, cuyas opiniones sobre las democracias de España y América Latina son tan precisas como demoledoras. Y todas acaban, de alguna manera, en lo que anota Aguilar Camín: el descrédito de la política.

Y sin embargo, estos seis personajes parecen estar de acuerdo en que los errores políticos son, de alguna manera más o menos lateral, responsabilidad del ciudadano. “La democracia se basa en el ciudadano”, dice Julio María Sanguinetti, el hombre que sacó a Uruguay de la dictadura militar. “Y si éste no es consciente o no es racional, la democracia no funciona. La democracia es un sistema que se basa en la racionalidad”. Pues eso, racionalidad, ha faltado en la política colombo-venezolana de estos últimos días. Pero no me refiero sólo a las dos encarnaciones de la irracionalidad que han sido los dos presidentes: ni Chávez ni Uribe se hubieran sentido autorizados a actuar como actuaron de no sentir el respaldo masivo de sus electorados. Y esto es lo que quiero decir: ese apoyo no es racional, sino emocional. Y eso hace toda la diferencia.

Lo dijo hace unos días, en un foro de la Feria del Libro de Guadalajara, el historiador Jorge Orlando Melo: tanto Chávez como Uribe reciben su apoyo de una suerte de nacionalismo emocional. El nacionalismo se exacerba cuando aparece un contradictor del tamaño de Colombia; en Colombia, el nacionalismo se exacerba cuando aparece un contradictor del tamaño (y de la verborrea) de Hugo Chávez. Los movimientos, las estrategias de ambos gobiernos, siempre han tendido a polarizar a sus respectivos países. No son pocos los réditos que logran a corto plazo, pero me pregunto qué pasará después, y me pregunto, sobre todo, si esos gobiernos se lo preguntan también.

Lo verdaderamente lamentable, sin embargo, es que nada de eso importa para el ciudadano. Otra de las cosas que le oí decir a Melo es tan evidente que no debería haberme sorprendido, pero me sorprendió, porque tal vez no sea tan evidente como pienso para todo el mundo: “Lo que quieren los colombianos es que termine la guerra. No importa cómo”. Tiene razón, pero yo me pregunto si el cómo no debería importarnos, pues cómo se logre la paz es lo que definirá si Colombia permanece en ella o sufrirá las regresiones a las que nos tienen acostumbrados treinta años de negociaciones. El cómo es lo racional, que es tal vez lo único que no se ha intentado últimamente, y es hora de que los gobiernos vuelvan a considerarlo.

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