Por: Julio César Londoño

El país de los tres arbustos

LOS QUE ACUSAN A ÁLVARO URIBE de ser el padre del paramilitarismo, ignoran nuestra historia. Esa plaga es más vieja que la panela. Viene desde 1965, cuando Guillermo León Valencia, el único bruto de su ilustre familia, se inventó la Defensa Rural para que los hacendados se defendieran de las Autodefensas Campesinas que acababa de fundar Pedro Antonio Marín.

En el decenio de los 70 coinciden “los tres arbustos”. En los primeros años la agricultura colombiana se diversificó, entre los cafetales apareció un arbusto de hojas dentadas, la marihuana, el auge de su comercio fue un fenómeno que el joven Ernesto Samper llamó “la bonanza marimbera” y se prolongó hasta finales del decenio, cuando este negocito yerbatero fue fagocitado por las poderosas multinacionales de la cocaína.

Un domingo de 1981 una avioneta arrojó sobre el estadio Pascual Guerrero de Cali unos volantes que decían MAS, Muerte a Secuestradores, inaugurando de manera oficial la edad moderna del paramilitarismo. Era la respuesta del narcotráfico al secuestro de Marta Nieves Ochoa por un comando del M-19. El movimiento paramilitar creció como espuma gracias a la barbarie guerrillera, a la pujanza exportadora de los carteles, al apoyo oficial y al cariño del 84% de la población, que veía en los “paras” un movimiento heroico y providencial contra la guerrilla.

En 1988 Virgilio Barco los declaró ilegales en un rapto de lucidez, pero nadie le paró bolas al anciano y enfermo mandatario porque el verdadero gobernante era un joven de Pereira, César Gaviria. Luego, durante la segunda Administración del pereirano, se creó el marco jurídico del paramilitarismo y en la siguiente Administración, la de Samper, se afinaron los detalles: que los paras sólo podían utilizar armas de corto alcance, matar poquito, desplazar poquito, etc.

En 1995 se crearon unas 400 Convivir en Colombia con el tierno esquema de las cooperativas. De estas, 69 operaron en Antioquia, departamento gobernado por Álvaro Uribe, el más entusiasta impulsor del proyecto.

Durante los diez años siguientes, el 84% no escuchó las motosierras ni se percató de los racimos de desplazados en los semáforos ni de la toma del Congreso por los parapolíticos ni de las elecciones para gobernaciones y alcaldías con candidatos únicos, hasta que un buen día nos despertamos con la tremenda nueva de que el DAS era un departamento “paraco”, el computador de Jorge 40 puso al descubierto la dimensión y el estilo de las operaciones de las Auc, y la opinión pública, súbitamente digna, empezó a hacerles el fo a los otrora héroes de la patria.

Hago este repaso para demostrar que el paramilitarismo es una vieja política de Estado, y que la llegada de sus fichas al Congreso, a varias gobernaciones y a muchas alcaldías, amén de las trapisondas del entierro de la Reforma Política y el sainete de la Comisión de Notables, son sucesos que no deberían sorprendernos tanto. Además, si la democracia es un sistema de representación, ¿qué puede haber más representativo de la sociedad colombiana que el paraco, el traqueto y el funcionario venal? Y me parece perfecto que en el centro de esta cacocracia esté Álvaro Uribe, ese maestro del arte de la gobernabilidad, ese depositario de la confianza de los exportadores, los paracos, los industriales, los ganaderos y los dueños de los medios, y de esa monolítica y vasta popularidad que lo hace pensar a uno que el hombre está rezao.

Por todo lo anterior, creo que nos merecemos a Álvaro Uribe otros cuatro años. Para retos superiores, ¿quién mejor que una inteligencia superior?

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