Por: Klaus Ziegler

Las vacunas de Patarroyo

Si el entusiasmo y el carisma fueran suficientes para garantizar el éxito científico, el doctor Manuel Elkin Patarroyo habría ganado el Premio Nobel de Medicina.

Su primera vacuna contra la malaria, la SPf66, fue anunciada como uno de los más grandes logros de la ciencia en Colombia, y se dijo que poseía una efectividad que variaba entre el 30% y el 60%, según estudios realizados en monos y humanos.

Hace un par de años, el científico tolimense anunció que para mediados de este año tendrá lista una nueva vacuna que prevendrá más del 95% de los contagios, y ha prometido otra contra el virus del papiloma humano. A pesar de haber recibido en 1994 el Premio Príncipe de Asturias de Investigación Científica y Técnica, y de ser considerado en Colombia un héroe nacional, los éxitos del doctor Patarroyo como investigador y epidemiólogo no son reconocidos unánimemente por la comunidad científica internacional.

Y no es por “racismo científico”, como él lo ha llegado a afirmar, o porque haya cedido la patente de su vacuna en contra de los intereses de las multinacionales farmacéuticas, sino porque estudios serios llevados a cabo por investigadores independientes nunca han logrado comprobar los índices de efectividad alcanzados por él y su equipo.

En un estudio patrocinado en 1995 por el ejército de Estados Unidos, que costó más de 1,5 millones de dólares, 1.200 niños de Gambia y Tailandia fueron inoculados con la SPf66. Después de un seguimiento de dos años no se encontró ninguna evidencia de que la vacuna fuera más efectiva que el simple placebo como protección contra la malaria. Los resultados fueron tan desalentadores que la OMS descartó la posibilidad de realizar pruebas futuras y concluyó que la vacuna no ofrecía los estándares para ser usada como método preventivo.

Es difícil, casi imposible, evaluar con objetividad los logros alcanzados por Patarroyo y su equipo, y aunque es innegable que la producción científica de los países subdesarrollados sea vista con recelo en Europa y EE.UU., es dudoso que este simple hecho explique por qué la vacuna no se ha usado en forma sistemática, y que todo se deba a una cuestión de celos o a razones de interés económico por parte de las compañías farmacéuticas.

Al anunciar nuevas vacunas que prometen una alta efectividad, el doctor Patarroyo corre el riesgo de perder la poca credibilidad que le queda. No basta acusar a los críticos de arrogantes o atribuírselo todo a una confabulación de grandes multinacionales. Hay que mostrar resultados reales, y esperemos que así sea.

 

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