Opinión |7 Nov 2007 - 10:10 am
Delito político, metro, candidatos
Por: Lorenzo Madrigal
Es difícil aproximarse al delito político, como concepto, sin que parezca una justificación del crimen. No lo es, por supuesto, pero ocurre que el delito político es, a mi modo de ver, uno a priori y otro a posteriori.
Me explico: a priori podría ser el delito como enunciado. El homicidio, por ejemplo, es nefando. No se puede matar a un ser humano y quien lo hace, cualquiera sea el motivo (salvo en legítima defensa inmediata) delinque en algún grado, puesto que hay homicidio, asesinato y delito atroz.
Pero la historia entra a jugar tramposamente. Cuántos héroes que veneramos merecerían el bronce de las cadenas y tuvieron el de las estatuas. Es la historia, no la teoría jurídica, la que tiende a justificar muchos crímenes, envueltos en los estandartes de la guerra.
En los estrados, una inveterada tradición mira a la intencionalidad del acto punible y es más benigna si encuentra que ella fue política. Con excepción, y no se diga hoy en día, de los delitos atroces. En aras de la paz, cuántas veces, se pacta impunidad en forma de amnistías o indultos. Lo que, dicho sea de paso, resulta particularmente desigual con los delincuentes comunes, que se ven castigados sin apelación.
Se piensa además que, al haber bandos en guerra, mal puede el uno juzgar al otro, pues sería proclive a condenarlo. Y es ahí donde la necesaria imparcialidad de la justicia crea figuras permisivas con el delincuente político, como el asilo y el refugio en territorio extranjero, cuando los procesos estatales internos son fachada de venganzas políticas.
Escapar al fuego judicial enemigo es una razón para que la teoría jurídica haya consagrado estos grandes alivios, que pretenden evitar el abuso del poder y los crímenes de Estado, beneficios que son sólo aplicables a delitos políticos.
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El nuevo alcalde de Bogotá dice que dará comienzo a la fase uno del metro. Al fin. Estudios de factibilidad se han hecho, desde la época del alcalde Durán Dussán. Como dice el columnista Rangel, casi con gracia, la técnica está dispuesta y el dinero está en los bancos. Pero Samuel (así le dicen quienes ahora se consideran sus amigos) se autocompara con su abuelo, el general, que hizo a toda costa y costo el aeropuerto El Dorado de Bogotá.
Hay una pequeña diferencia. Los dictadores no consultan en exceso, sus proyectos no les son aprobados ni negados, simplemente se hacen.
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Interviniendo en política según la moda (en este caso sin posesionarse; el presidente, en cambio, lleva dos posesiones), el burgomaestre electo ha proclamado los candidatos del Polo así: Lucho Garzón, que podría llegar a ser la hecatombe de Uribe, y Angelino, sin mayores posibilidades; Carlos Gaviria, el huracán Noel, lleno de razones frente a la incipiente dictadura, y Gustavo Petro, precisamente un favorecido por el concepto de delito político. Al senador casi no se le vio en la celebración del Polo, mientras ocupaba primera línea la familia Rojas, como en los mejores días de la dictadura.
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