Opinión |9 Nov 2008 - 8:18 pm

Lorenzo Madrigal

Vivir demasiado

Por: Lorenzo Madrigal

HABER VIVIDO DE NIÑO EL FIN DE la segunda Guerra. Andaba en algo muy importante para mí: jugar con carros, que yo mismo construía, cuando una algarabía entró por la ventana, que daba a la Universidad de Antioquia. Me asomé y los muchachos gritaban: ¡Se acabó la guerra, se acabó la guerra! ¡Ganó Estados Unidos! (como si fuera un partido de fútbol).

Vivir el fin de la hegemonía liberal. La grande y sencilla figura de Alberto Lleras, quien era garantía de la entrega del poder al partido contrario. Y ver llegar a la Presidencia al antioqueño Mariano Ospina, de nobilísimo aspecto, colegial de mi mismo colegio, que luego visitó en la propia ciudad de Medellín.

Haber conocido en Bogotá, de viaje, al insigne Jorge Eliécer Gaitán, haber hablado con él, en el diálogo de silencios de un niño asombrado y un adulto célebre. Haber sabido, más tarde, de su asesinato, cuando el padre de la división del colegio nos envió a las dos de la tarde de regreso a casa, sin dilaciones, porque en la capital habían ocurrido hechos gravísimos.

Haber visto ascender al solio a Laureano Gómez y saber, a poco, de su derrocamiento por un militar golpista, ecos estos que me llegaban en los estremecimientos de la adolescencia y entre los corredores enclaustrados del convento, no sin los soles radiantes de Boyacá y sus hermosos campos, recorridos con sandalia de peregrino.

Ver, desde la prensa, el cambio vaticano: de la hierática figura de Pío XII, hoy ensombrecido por enemigos post mortem, a la inimaginable de un Papa con sobrepeso y en la ancianidad amable y atrevida de Juan XXIII, elegido de transición y quien por poco da el vuelco completo a la Iglesia Católica.

Igualmente ver cambiar en los Estados Unidos la presidencia de Eisenhower, último rescoldo de la guerra, por un hombre joven de sin igual carisma, a quien vería subir, ser admirado, con la imagen de postal de su familia perfecta, y caer asesinado en plena manifestación pública, bajo un sol rutilante en Dallas.

Asistir por la televisión, aún en blanco y negro, a la llegada del hombre a la Luna. Me hallaba al lado de mi padre, ya enfermo, quien quiso —no pudo— disimular una lágrima, rara en la fortaleza de sus mejores años. Ver que se asesina a la mitad de la Corte Suprema de Colombia, que un volcán borra un pueblo y ver caer al director del periódico de mis colaboraciones y a los amigos Rodrigo Lara y Luis Carlos Galán, grandes de mi país.

Un Papa polaco, un presidente de los Estados Unidos, que había actuado en cine, un muro de Berlín que es derribado por miles de entusiastas, más una noticia que leo como perdida en la primera página: “ Se acabó la Unión Soviética”.

Ver en directo el descomunal atentado a la ciudad de N. York. Ya no me cabían más sorpresas en este mundo, cuando aún me esperaba, la llegada de un hombre negro a la Casa Blanca, máxima expresión de las libertades públicas y de los derechos civiles por los que lucharon hombres como Lincoln, Kennedy y Luther King.

Todo esto ha sido vivir demasiado.

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Opiniones

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