Opinión |9 Nov 2008 - 8:15 pm
América era una fiesta
Por: María Elvira Bonilla
FUE LA FIESTA DE LOS JÓVENES. centenares de ellos salían de las bocas del metro afanados y exitados, urgidos por llegar a Times Square o a Rockefeller Center, en el corazón de Manhattan, para abrazarse y gritar de alegría, porque la victoria de Barack Obama la sentían suya: el amanecer de un nuevo porvenir.
¡Que felicidad! Estábamos allí en medio de la algarabía pendientes de enormes pantallas de televisión que registraban en directo el conteo electoral. La muchachada desbordaba energía y entusiasmo, con una pasión recién descubierta por la política, pendientes de la confirmación del triunfo, de su triunfo. Lo mismo ocurría en Union Square, en el campus de la Universidad de Columbia, vecina de Harlem, en plazas y parques alrededor de la geografía estadounidense. En el Grant Park de Chicago, centro del trajinar vital de Obama. América, como llaman los norteamericanos a su país, era una fiesta.
Los simbolismos predominaron en una campaña presidencial movilizada en torno a la esperanza y la rabia, las ganas de volver a creer, en donde el carácter y la persona de los candidatos, en lo cual Barak fue imbatible, se impuso a las argumentaciones racionales. Esa noche, en lo que sería un gesto mayor, estudiantes de la Universidad de Georgetown se reunieron con las banderas, las pancartas y los afiches que invitaban a votar por el cambio, frente a la Casa Blanca para decirle adiós a la política que había marcado su juventud, decididos a expulsar de su imaginario los demonios del miedo que caracterizaron la presidencia de George W. Bush y que fueron instrumento de dominación y manejo de la opinión desde el fatídico 11 de septiembre.
Una generación de jóvenes decidida a enterrar la era en la que crecieron, la de la llamada revolución de Reagan donde reinó el más feroz individualismo, rasgo muy norteamericano, en torno al éxito económico y a la ambición teñida de codicia desmedida. Tiempos de desregulación, de libre mercado, de la acumulación irracional e inmediata de riqueza por quienes ya eran ricos o por los aventureros de la especulación con dineros ajenos. Años de completa indiferencia con los más pobres y de debilitamiento de las clases medias, razón de ser y fundamento del sueño americano.
Votaron por la esperanza. Por la promesa de unos Estados Unidos de América, unidos por encima de las razas, de los colores partidistas, respetuoso de la diversidad, en donde el trabajo honrado vuelva a ser el motor del progreso individual y colectivo. Un país dispuesto a sanar heridas, a sepultar el cinismo como norma de conducta, donde el respeto a los demás países se imponga sobre la arrogancia de la fuerza y la confrontación. La ilusión de ese nuevo país sintonizó a Barack Obama con ese arrasador 85% de muchachos que votó por él y con esas minorías excluidas y silenciosas, con clara presencia de negros y latinos, que le definieron su suerte política el pasado 4 de noviembre.
Nunca olvidaré tanta alegría, tanta pasión y esperanza juntas, que obliga a reivindicarse con la Política, con mayúscula, y hace aún más dramática la situación colombiana, presa de la pequeñez de una dirigencia sin visión y de una ciudadanía que entre indiferente y atemorizada, sólo encuentra a su alrededor violencia, mentiras y corrupción. Que tristeza, un país al que se le ha olvidado soñar.
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