Opinión |5 Sep 2008 - 10:16 pm
Los bobopolios
Por: Mauricio Botero Caicedo
DENTRO DEL MUNDO EMPRESArial, pero especialmente en América Latina y en Colombia en particular, existe una desafortunada tendencia de muchas empresas, sindicatos, y de sectores enteros, a convertirse en bobopolios.
¿Pero qué es un bobopolio? El término fue acuñado por uno de los principales asesores en estrategia corporativa del país, Alejandro Salazar. Es una metáfora que se refiere principalmente a aquellas empresas y sectores que creen que la demanda es una condición exógena sobre la cual poco o nada pueden hacer. Los bobopolios se dedican casi con exclusividad a mantener su posición relativa en el mercado, sin darse cuenta de que lejos de ser estática e inmodificable, la demanda es dinámica y sujeta a cambios importantes en los patrones de consumo. Los bobopolios siempre terminan midiendo y repartiéndose la oferta, haciendo caso omiso de las infinitas oportunidades en la demanda.
Uno de los principales ejemplos de un bobopolio al que le corrieron la silla era aquel de los caldos de cocina, bobopolio manejado por dos multinacionales que creyeron, con una candidez rayana en la tontería, que la demanda era limitada y ellos eran los dueños y señores de la oferta. De un día para otro aparece una empresa local con un producto atractivo y se queda con el 45% del mercado de caldos, mercado que el advenedizo logró aumentar de manera importante.
Pero el ejemplo anterior de un advenedizo sin agüeros no es muy común, como tampoco el que un competidor tradicional logre aumentar la demanda. Generalmente los bobopolios son víctimas de los productos sustitutos, productos que, entrando por la puerta de atrás, logran capturar y hacer crecer buena parte del mercado. A nivel mundial un buen ejemplo de esto son las aguas embotelladas en abierta competencia con los refrescos tradicionales.
Los bobopolios también se caracterizan por las barreras de entrada que logran imponer para limitar la oferta. Estos bobopolios tienen en nómina multitud de cabildeadores cuya única misión es construir barreras de entrada, con el apoyo del gobierno, para impedir que entren nuevos jugadores al mercado. En el sector de las comunicaciones se ve con inusitada frecuencia este tipo de peticiones respaldadas con argumentos tan espurios como infantiles que el ponqué publicitario es demasiado chiquito para ser repartido entre más de un par de jugadores.
En Colombia hay dos casos aberrantes de bobopolios. El primero de ellos es las licoreras departamentales. Su condición de bobopolio no era por las barreras de entrada erigidas con ayuda de los gobernadores de turno, ni mucho menos por razones de estrategia. La producción de licor en Colombia es nada menos que un bobopolio constitucional. Los honorables constituyentes en 1991 hubieran podido aligerar al país del peso de este bobopolio, pero en su infinita sabiduría confirmaron que Colombia debería seguir siendo un Estado cantinero.
El resultado final de esta inexplicable estupidez constitucional es una demanda en picada por el aguardiente y el ron, los principales productos de este bobopolio (ambos sustituidos por los licores y los vinos importados) y la quiebra de la inmensa mayoría de las licoreras departamentales.
El segundo ejemplo es un bobopolio que se autodestruyó: el sindicato de la antigua Telecom, que, de haber tenido un poquito más de visión, hubiera promovido la entrada de un socio extranjero. Telecom, con capital y tecnología, se hubiera podido convertir en un jugador de peso y de influencia a nivel internacional en el campo de las comunicaciones. Si ISA y Ecopetrol lo lograron, ¿por qué no Telecom? El bobopolio sindical de ese momento le abrió el espacio a un pulpo mexicano para apoderarse prácticamente de las telecomunicaciones en Colombia, pulpo que a su vez tiene, con la venia del Gobierno, todos los visos de convertirse en un nuevo bobopolio en detrimento de los consumidores nacionales.
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