Opinión |1 Ene 2010 - 6:02 pm
Nuevas de consolación
Por: Paul Krugman
TENGAN PACIENCIA MIENTRAS LES narro un cuento: una versión del futuro cercano de Un cuento de Navidad de Charles Dickens. Empieza con noticias tristes: el pequeño Timothy Cratchit, también conocido como el Pequeño Tim, está enfermo. Y su tratamiento costará muchísimo más de lo que sus padres pueden pagar de su bolsillo.
Afortunadamente, nuestra historia se ubica en 2014 y los Cratchit tienen seguro médico. No porque se los dé su empleador: Ebenezer Scrooge no ofrece prestaciones. Y apenas unos cuantos años antes, no habían podido comprar el seguro con sus propios medios, porque el Pequeño Tim tiene una enfermedad preexistente y, de cualquier forma, las primas habrían estado fuera de su alcance.
Sin embargo, la reforma legislativa que entró en vigor en 2010 prohibió la discriminación en los seguros basada en la historia clínica y también creó un sistema de subsidios para ayudar a las familias a pagar la cobertura. Aun así, el seguro no es barato, pero los Cratchit ya lo tienen y están agradecidos. Que Dios nos bendiga a todos.
Está bien, eso es ficción, pero habrá millones de historias reales como esa en los años venideros. Imperfecta como es, la legislación aprobada en el Senado hará que Estados Unidos sea un país mejor.
Entonces, ¿por qué se quejan tantas personas? Hay tres grupos principales de críticos.
Primero, hay una derecha loca, la gente del té y el panel de la muerte —unos marginados lunáticos que ya no son marginados, y que se han movida al corazón del Partido Republicano—. En el pasado había un entendimiento general, una especie de cláusula implícita en las reglas de la política estadounidense, de que los partidos grandes al menos fingirían distanciarse de los extremistas irracionales. Sin embargo, ya no operan esas reglas. No, Virginia, en este momento no hay una cláusula de sanidad.
Una segunda tendencia de oposición proviene de lo que yo concibo como la camarilla Bah, disparates: regañones fiscales que rutinariamente emiten advertencias sentenciosas sobre el incremento de la deuda. Por derecho, esta camarilla debería encontrar mucho que le guste en la iniciativa de ley sanitaria del Senado, la que la Oficina del Presupuesto del Congreso dice reduciría el déficit, y que —a juicio de los principales economistas en salud— hace mucho más para controlar costos de lo que se había intentado antes.
Sin embargo, con pocas excepciones, los regañones fiscales no han tenido nada bueno que decir sobre ella. Y en el proceso han revelado que su presunta inquietud sobre los déficits es, bueno, disparates. Como dice Daniel Gross, lo que realmente los motiva es “el temor evocador de que alguien, en alguna parte, reciba un seguro social”.
Finalmente, ha habido oposición de algunos progresistas descontentos con las limitaciones de la iniciativa de ley. Algunos no estarían de acuerdo con nada menos que un sistema total de un único pagador del tipo Medicare. Otros tenían la mente puesta en la creación de una opción pública para competir con las aseguradoras privadas. Y hay reclamos de que los subsidios no son adecuados, de que muchas familias seguirán teniendo problemas para pagar la atención médica.
A diferencia de los del té y los disparatados, los progresistas decepcionados tienen reclamos válidos. Sin embargo, no son motivo suficiente para rechazar la iniciativa de ley. Sí, es una frase trillada, pero la política es el arte de lo posible.
La verdad es que no hay una mayoría en el Congreso a favor de algo que parezca un único pagador. Existe una estrecha mayoría a favor de un plan con una opción pública moderadamente fuerte. La Cámara de Representantes aprobó dicho plan. Sin embargo, dada la forma en la que el Senado reglamenta su trabajo, se requieren 60 votos para hacer casi cualquier cosa. Y ese hecho, combinado con la total oposición republicana, ha puesto límites drásticos en lo que se puede promulgar.
Si los progresistas quieren más, deberán hacer del cambio de esas reglas senatoriales una prioridad. También tendrán que trabajar a largo plazo en elegir a más progresistas para el Congreso. Sin embargo, mientras tanto, se acaba de aprobar la iniciativa del Senado, con algunos pellizcos —en especial, me gustaría mover la fecha de inicio de 2014, si eso fuera realmente posible—, pero es más o menos lo que puede conseguir la dirigencia demócrata.
Y a pesar de todas sus fallas y limitaciones, es un gran logro. Proporcionará ayuda real y concreta a decenas de millones de estadounidenses y mayor seguridad para todos. Y establece el principio —aunque se queda algo corto en la práctica— de que todos los estadounidenses tienen derecho a la atención médica esencial.
Muchas personas merecen crédito por este momento. Lo que lo hizo realmente posible fue el asombroso surgimiento de la atención universal de la salud como un principio central durante las primarias demócratas de 2007 y 2008 —un surgimiento que, a su vez, le debió mucho al activismo progresista. (En lo que vale, la reforma se acerca más al plan de Hillary Clinton que al del presidente Barack Obama). Eso hizo que la reforma sanitaria fuera algo que debía ganarse para el siguiente Presidente. Y está sucediendo realmente.
Así que los progresistas no deberían dejar de quejarse, pero deberían felicitarse por lo que, al final, es una gran victoria para ellos, y para EU.
*Premio Nobel de Economía 2008, profesor de Economía y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton.
c. 2009 - The New York Times News Service.
-
Elespectador.com| Elespectador.com
Tags de esta nota:
- Estados Unidos
Opinión
Este es un espacio para la construcción de ideas y la generación de opinión.
Este espacio busca crear un foro constructivo de convivencia y reflexión, no un escenario de ataques al pensamiento contrario.







Opinión por:
Angel de Jesús
Lun, 09/26/2011 - 06:35