Por: Ricardo Arias Trujillo

La retórica de la violencia

DE TIEMPO ATRÁS, LOS SECTORES dirigentes han recurrido, en varias ocasiones, a una retórica de la violencia que ha polarizado a la sociedad colombiana.

Las consecuencias de ese discurso incendiario han sido nefastas. Durante la segunda mitad del siglo XIX, las diferentes tendencias enfrentadas apelaron a una retórica agresiva que hacía del adversario un enemigo para la sociedad: el liberalismo se encargó de presentar a la Iglesia Católica como un obstáculo para el anhelado “progreso”; el clero, con el apoyo de los conservadores, elaboró una imagen de los liberales en la que convergían los peores males.

Al despuntar el siglo XX, la nueva generación del Centenario, cansada de las guerras civiles, alimentadas precisamente por las virulencias de la oratoria, adoptó una actitud y un lenguaje mucho más moderados, y luchó por establecer un clima de concordia entre liberales y conservadores. Los “centenaristas” insistían en que, más allá de las diferencias ideológicas que naturalmente los separaban, era posible buscar consensos en torno a los grandes intereses nacionales. Gracias en buena medida a ese espíritu republicano, el país no sólo se olvidó de las guerras bipartidistas, sino que conoció un desarrollo económico importante. El clima de civismo fue pronto objeto de todo tipo de diatribas provenientes de una nueva generación de intelectuales, para la cual la concordia y la moderación eran sinónimos de cobardía y mediocridad. A partir de mediados de los años 1920, los jóvenes de la “nueva izquierda” y de la “nueva derecha” se encargaron de atizar nuevamente la hoguera a través de una retórica que exaltaba la virilidad, la fuerza, la beligerancia como valores supremos de la política. En esa lamentable tarea, ‘Los Leopardos’, un pequeño grupo de conservadores inspirado en Mussolini y en Hitler se destacó ampliamente, cultivando durante dos décadas una virulenta retórica antidemocrática.

En los años cuarenta y cincuenta, Colombia conoció una guerra civil devastadora. Durante ese período, la retórica de la violencia se hizo omnipresente: desde el Congreso, desde la prensa, desde la radio, desde el mismo púlpito, unos y otros invitaban a su público, en proclamas incendiarias, a arremeter contra el enemigo. Con el Frente Nacional amainó la tempestad. Si bien las últimas décadas del siglo pasado conocieron una calma relativa, hoy en día, en un contexto muy tenso, la palabra vuelve a ser portadora de muy peligrosos mensajes. Mientras que algunos sectores de la oposición no dudan en tildar de “mafioso” al Estado en su conjunto, el Presidente y su séquito, con una irresponsabilidad que no parece preocupar a sus numerosos seguidores, han lanzado todo tipo de improperios para condenar, en los peores términos, a la oposición.

¿Qué consecuencias ha traído la retórica de la violencia? Al alimentar el odio, ha creado profundas divisiones en el cuerpo social que hacen más difícil la tarea de reconciliación. Ha desvirtuado la esencia de la política, al convertir la palabra en un instrumento que, en lugar de enriquecer la polémica y el debate civilizados, ha sido utilizado para elaborar representaciones en las que el “otro” aparece como algo nocivo para la sociedad. Que hoy en día, defensores de los derechos humanos, ecologistas, periodistas e intelectuales críticos, representantes de la izquierda democrática, sigan siendo estigmatizados por amplios sectores de la sociedad y, en no pocas ocasiones, asesinados, por defender sus causas, dice mucho acerca del triste legado que ha dejado la retórica de la violencia. Una sociedad que pretende ser democrática debía cuestionar a todos los políticos que se muestren más preocupados por generar relaciones envenenadas con sus adversarios, que por propiciar el debate y la polémica dentro de los cauces de una cultura política digna de ese nombre.

* Profesor de Historia Universidad de los Andes.

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