Opinión |14 Oct 2009 - 10:23 pm
Víctima planetaria
Por: Rodolfo Arango
DENTRO DE POCO YA NADIE RECORdará el affaire Claudia López vs. El Tiempo.
Comentado y analizado hasta el exceso, el suceso será un lunar más en la historia del periodismo colombiano y de la lucha por la libertad de expresión. De seguro la valentía y calidad periodística de Claudia la llevarán a destinos mayores, mientras que la indignación de los editores de El Tiempo podrá ser apreciada bajo una mejor luz, no por la parte interesada sino por la propia opinión pública. Leídas y releídas la columna y la justificación dada por El Tiempo para el despido de la columnista por sus “falsas, malintencionadas y calumniosas” o “mentirosas y temerarias” afirmaciones, queda la sensación que detrás de la indignación del diario laten razones de otra índole y mayor envergadura, explicables por el sentido común y las nuevas realidades políticas y económicas.
La familia Santos no podría pretender mantener incólume el honor de la empresa que construyeron sus mayores luego de romper la regla de oro de no mezclar el periodismo y la política. Mucho menos podrían los Santos pretender independencia cuando ésta fue enajenada con la mayoría accionaria del periódico al grupo español Planeta. Las razones que esgrime la dirección de El Tiempo para el despido, como la dignidad herida o la ética periodística vulnerada, lucen fuera de lugar. Se hace necesario un examen detallado de las “afirmaciones” (¿valoraciones?) de López y de sus implicaciones políticas o económicas en un contexto de creciente hipersensibilidad electoral y de un truculento proceso adjudicatario del tercer canal televisivo, en el que el Grupo Planeta y su filial El Tiempo tienen especial interés.
Todo el affaire se originó en el manejo que un periodista político del periódico diera a la noticia del escándalo Agro Ingreso Seguro (AIS) que salpicó al precandidato Andrés Felipe Arias y competidor de uno de los Santos a la Presidencia de la República. Un foro en eltiempo.com con pregunta inducida sobre el deber que tendría Arias de renunciar a sus aspiraciones a consecuencia del escándalo; la posterior noticia de la supuesta ventaja que la situación reportaba para Santos, sin mencionar siquiera a la natural competidora de Arias, Noemí Sanin; y la descalificación posterior de esta competidora por supuesta traición a Uribe, llevaron a López a desplegar una fundada crítica a la calidad periodística del periódico. Nada de lo afirmado es mentiroso, temerario o calumniador, aunque todo contiene un cuestionamiento moral implacable al manejo periodístico dado.
Lo que ningún sentido común de la política y de los negocios podía pasar por alto es el último párrafo de la columna con presunta “renuncia implícita”, eufemismo que esconde la espada de Damocles que pende desde ahora sobre los formadores de opinión, como dice María Jimena Duzán. En ese párrafo no hay “afirmaciones” sino juicios de valor. El objeto enjuiciado fue el conflicto de intereses entre una prensa libre, objetiva e imparcial y las ambiciones políticas y económicas de un periódico que la ejerce. El, ese sí, malintencionado manejo del escándalo AIS por El Tiempo fue blanco de la mordaz crítica de la periodista, no así el buen nombre del periódico. Las razones del despido más que éticas y nacionales, parecen pragmáticas y globales: la matriz española no vería con buenos ojos que una de sus “colaboradoras” ande dañándole importantes aspiraciones a futuros presidentes copropietarios o jugosos negocios al patrono. Para bien de la democracia y la libertad de expresión, ojalá que lo defendido con el sonoro despido finalmente no se concrete.
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