Opinión| 23 Mayo 2008 - 9:15 pm
La cuña del mismo... Polo
Por: Sergio Otálora Montenegro
No hay duda de que Gustavo Petro y Lucho Garzón tienen aspiraciones presidenciales, y la organización de la que hacen parte ahora les estorba, la ven como una absurda camisa de fuerza, anticuada e ineficaz; una especie de mula muerta atravesada en el camino de sus muy personales ambiciones de poder.
De alguna manera, están en lo suyo: los dos, a su modo, el uno con los fierros, el otro con la labia sindical, hicieron política con el fin de coronar algún día. Lucho ya lo hizo (en parte) al ser elegido alcalde de Bogotá, el segundo cargo más importante del país. Petro, por su parte, ingresó a la vida civil (hecho que, al parecer, Uribe no termina de aceptar) y hoy es senador estrella de su bancada. En el Congreso dio un debate muy duro sobre el tema paramilitar y sus relaciones con el establecimiento liberal-conservador, pero en el camino propuso el exabrupto de convertir la seguridad democrática dizque en política de Estado, como si ya no lo fuera: la guerra es política de Estado desde hace más de 50 años, la misma que produjo, precisamente, el alzamiento armado de Petro.
Al ver, desde la distancia que da el no pertenecer al Polo, cómo se atenta contra un movimiento que apenas está echando raíces, no hay más salida que pensar que cada país tiene la izquierda que se merece… o que deja florecer, para ser más exactos.
En México, por ejemplo, la pugna intestina en el interior del PRD (Partido de la Revolución Democrática) ha estado plagada de acusaciones entre sus dirigentes, trampas y jugadas sucias. Una consulta interna para decidir quién era el líder máximo de esa organización, fue impugnada por sustentadas demandas de fraude en los escrutinios, al mejor estilo de cuando reinaba el PRI.
Pero lo fundamental, lo urgente, se quedó en el tintero: en lo que va corrido de la presidencia de Calderón, ha habido tres mil asesinatos por cuenta del narcotráfico, que ya es un desafío enorme al Estado mexicano. Esa guerra, tarde o temprano, terminará amenazando la estabilidad de ese país.
En Colombia, la izquierda civilista también se está yendo por las ramas, se está enredando en esa maleza de protagonismos infantiles que desprecian las decisiones tomadas de manera democrática, no sólo para elegir a las directivas del partido, sino para definir su estrategia política. Al igual que en México, necesitamos con urgencia una fuerza progresista, que no se resbale o dude al primer halago de los adversarios.
La realidad colombiana tiene ahora unos retos que sólo puede enfrentar un movimiento que ejerza una oposición inteligente al uribismo. Ahí pueden caber muchos que compartan la agenda que en estos momentos está a la orden del día: construir una salida realista y pacífica al conflicto armado. Cualquier reforma política, cualquier intento serio de relegitimación de las instituciones, cualquier esfuerzo colectivo por superar esta tragedia, pasa de manera inevitable por la búsqueda de la paz. Ahora, esa formula es impopular, incluso hay quienes tienen la certeza absoluta de que la derrota militar de las Farc está cerca, y que pronto la tropa de Manuel Marulanda Vélez estará entregando sus armas y firmando la rendición.
Mientras tanto: ¿cómo garantizar, con una guerra viva y matando, que no haya interferencia de grupos al margen de la ley en los procesos electorales? Es difícil imaginar una reforma de veras profunda, en medio de un polvorín que la anula, como ya sucedió, en parte, con la Constituyente de 1991.
Este es un momento histórico para la izquierda colombiana y para sus dirigentes. De su desprendimiento, de su visión colectiva y de futuro, depende el avance de un proyecto progresista serio que conquiste el poder. Lo otro es repetir la misma canción: hacer rancho aparte para mitigar el ego, y después la cruda realidad del olvido. Una sigla más para la colección.
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Sergio Otálora Montenegro
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