Opinión |9 Ene 2009 - 9:58 pm
El gran mito del Caguán
Por: Sergio Otálora Montenegro
LA LEYENDA DICE QUE ANDRÉS PAStrana les cedió a las Farc un pedazo del territorio nacional, del tamaño de Suiza, a cambio de nada. Que el despeje y las negociaciones posteriores fueron fruto de la ingenuidad, ignorancia y debilidad de un mandatario que no tenía la menor idea de dónde estaba parado, ni sabía a cabalidad qué clase de sujeto era el líder máximo de esa guerrilla.
Uribe se montó en ese mito para sacar réditos políticos del fracaso del proceso y decir que todos los intentos de paz, por lo menos desde 1982, nacieron del chantaje de los terroristas y de la actitud blandengue de los gobiernos. Ese cuento chino se lo comió medio país, hastiado de la violencia y profundamente decepcionado de la terapia del diálogo, utilizada no para llegar a acuerdos sino para tener respiros estratégicos o para hacer exhibicionismo armado.
Las circunstancias, sin embargo, eran un poco más complejas. La llamada zona de distensión no fue fruto de la improvisación o de la estulticia del mandatario de turno. La verdad es que no había otra alternativa, después de los contundentes golpes militares que había sufrido el Ejército a manos de la subversión durante el gobierno de Ernesto Samper. Y ni siquiera la culpa era del Proceso 8.000 o que no hubiera voluntad política o militar por parte de esa administración de acabar con la sedición. Por primera vez en cuarenta años de plomo sin tregua, las huestes de Marulanda llevaban una ventaja militar evidente, y tenían a las Fuerzas Armadas contra la pared, a punto de ser derrotadas en el plano estratégico.
Además, se había dado un hecho histórico: el mandato por la paz; millones de personas votaron para que hubiera una salida pacífica al conflicto armado.
Pero para el consumo interno y externo se fabricó la versión, gracias a los buenos oficios de la mayoría de los medios de comunicación, de analistas interesados y de ciertos líderes de opinión, de que en el Caguán se había erigido una especie de “santuario” de los “bandidos”, sin Dios ni ley, con unas Fuerzas Armadas atadas de pies y manos.
Nada más lejos de la realidad. Primero, por fuera de los territorios del despeje, había bala ventiada. Ésa fue la fórmula establecida entre las partes, no porque le hubieran metido los dedos a la boca a Pastrana, sino porque así lo determinaba la coyuntura política y militar. Hay que recordar, además, que en Urabá y Córdoba (para citar sólo dos regiones) el avance paramilitar en esos momentos era impresionante, en complicidad con sectores del Ejército y a punta de masacres y asesinatos selectivos.
Desde el principio supimos que la guerrilla iba a jugar duro e iba a imponer su propio ritmo. Así lo dejó establecido con el desaire al presidente que se quedó esperando la llegada de su contraparte, un viejo zorro a quien no le importó frustrar los deseos de un país que ansiaba ver, por primera vez, sentados en una misma mesa, a los símbolos de las dos fuerzas en conflicto, dispuestos a superar tantos años de violencia.
A pesar de lo que se dijera en público, lo cierto era que el establecimiento necesitaba a gritos un respiro táctico como el que se dio en El Caguán. La paz no estaba en las prioridades, era más un albur, un posible efecto colateral, pero no la protagonista. El mismo Pastrana lo ha reconocido: durante su mandato, logró que las Farc entraran en la lista de organizaciones terroristas de Estados Unidos y Europa, consiguió abundantes recursos para equipar al Ejército (los millones de dólares del Plan Colombia) y puso en marcha el proceso de reingeniería de las Fuerzas Armadas, tres insumos básicos que tuvo Uribe a la mano para desarrollar con relativo éxito el otro cuento chino de la seguridad democrática.
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