Opinión| 22 Sep 2008 - 8:39 pm
Déjenlo en Las Vegas
Por: Thomas L. Friedman
Eso es lo que pasa cuando las burbujas estallan. Sientes que te eliminaron, y la tranquilidad con que los encargados de repartir cartas —en este caso los mercados— se llevan todas nuestras fichas, resulta irritante. Es fácil reaccionar de manera exagerada, y es importante que no lo hagamos. Ahora ha llegado el momento de averiguar con ecuanimidad qué pueden hacer mejor los mercados y qué necesitan hacer mejor los gobiernos.
Entendamos lo que ocurrió aquí. Wall Street —la industria financiera— se convirtió en una burbuja en años recientes, gracias a un exceso de liquidez y el mayor productor de burbujas en la historia: la codicia. Algunas de las personas más inteligentes olvidaron una de las reglas más viejas de las inversiones: no existe nada similar a un rédito exento de riesgo. Cuando uno va demasiado lejos en busca de rendimientos, tarde o temprano sale quemado.
En los años 90, los altos rendimientos —con los que no se perdía y carecían de riesgo— supuestamente eran las acciones de empresas relacionadas con internet, conocidas como “.com”. La versión de esta década son las hipotecas subprime (esto es, en las que hay mayor riesgo para el prestatario y que normalmente se autorizan a través de seguros hipotecarios) y acciones financieras. Justo como las empresas “.com” en la década del 90, las acciones financieras fueron infladas hasta niveles absurdos y los salarios de ejecutivos de Wall Street ascendieron hasta alturas ridículas. Ahora estamos viendo cómo estalla esa burbuja en vivo y a color: “Gracias por jugar, Lehman Brothers”. Eso es verdaderamente triste para una empresa que había existido durante 158 años.
Ahora el mercado está consolidando esta industria, con los grandes comiéndose a los chicos, lo cual impondrá su propia disciplina fiscal. Bien. Quizás, entonces, más de nuestros genios matemáticos de la próxima generación pensarán en incursionar en la ingeniería de la siguiente gran industria mundial —la tecnología energética— en vez de las derivadas de ingeniería.
Sin embargo, es necesario que entendamos la unicidad de esta burbuja a fin de identificar dónde tiene que intervenir un gobierno inteligente. Una de las razones por las cuales esta burbuja financiera creció tanto ahora es bien sabida: usted y su vecino salieron a conseguir este tipo de hipotecas, lo cual le permitió a mucha más gente convertirse en los dueños de sus hogares, que es toda una bendición. Su empresa local de finanzas o banco, que extendió estas hipotecas, las vendió posteriormente a un “agregador” (entidad que une a los clientes para que así tengan mayor poder adquisitivo por mayoreo) que las puso en grandes paquetes con miles de otras hipotecas subprime. Después, esos paquetes de préstamos fueron divididos y vendidos en pequeños fragmentos como bonos corporativos a todo tipo de instituciones, las cuales estaban en busca de un rendimiento adicional. Los pagos que usted hacía se destinaban al pago del interés sobre esos bonos.
Sin embargo, a medida que el mercado de la vivienda se fue derrumbando, y que la gente no pudo cubrir sus hipotecas o vender sus casas, los bonos perdieron valor y, por lo tanto, los bancos que los tenían perdieron capital, y toda la pirámide empezó a venirse abajo. Esto infectó todo el mercado de la vivienda, así que los bancos ya no sabían cuál era el valor de sus activos respaldados por hipotecas. ¿Cuál fue el resultado? Dejaron de extender préstamos. De aquí la actual contracción crediticia. Esta contracción del crédito es lo que vuelve tan letal esta crisis. No podemos tolerar una situación prolongada en la que los bancos no quieran extenderles préstamos a buenas empresas.
Por eso el Congreso de E.U. necesita crear otra Resolution Trust Corp. como la que se usó para salir de la crisis de ahorros y préstamos de los años 80. Como en esa época, ahora, de la misma forma, necesitamos una dependencia gubernamental que compre las tóxicas hipotecas de los bancos, que las conserve y las venda de una manera ordenada más adelante. Eso impediría una venta descontrolada de hogares e hipotecas ahora y restablecería la confianza en los bancos para que vuelvan a extender préstamos nuevamente.
En el largo plazo, sin embargo, los reguladores necesitan encontrar formas de limitar el monto de influencia que bancos de inversión o empresas aseguradoras pueden absorber, pues su grado de interrelación actual en la economía mundial puede hacer que la caída de un banco arrastre a muchos otros.
“Estamos al final de una era; el final de ‘déjenselo al mercado’ y de la gran excusa en el sentido de que menos gobierno es siempre un mejor gobierno”, argumenta David Rothkopf, ex funcionario del Departamento de Comercio de Estados Unidos en la administración Clinton y autor de un libro acerca de los líderes financieros del mundo que dieron origen a esta crisis: Superclass: the global power elite and the world they are making. Sin embargo, pienso que es importante darle énfasis a la diferencia entre un gobierno inteligente y sencillamente más gobierno.
“No nos hace falta un ‘repunte’ regulador en Wall Street”, agregó. “Necesitamos repensar por completo cómo logramos que los mercados financieros sean más transparentes y cómo nos aseguramos de que los riesgos dentro de esos mercados —muchos de los cuales son nuevos y muchos de los cuales no son entendidos ni siquiera por los expertos— sean controlados y vigilados de manera apropiada”.
En suma, el trabajo del gobierno consiste en vigilar esa delgada línea entre la necesidad de correr riesgos que impulsa una economía de innovación y las apuestas locas con los ahorros de otras personas en formas que nos amenazan a todos. Necesitamos asegurarnos de que lo que ocurra en Las Vegas, se quede en Las Vegas; y no venga a la calle. Nos hace falta regresar a invertir en nuestro futuro y no sólo a apostarle a él.
* Ganador de su tercer Premio Pulitzer a comentarios editoriales en 2002 por sus columnas en ‘The New York Times’. c.2008-The New York Times News Service
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Thomas L. Friedman
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