Por: Tulio Elí Chinchilla

Jorge Rodríguez Arbeláez, el último federalista

EL PASADO 2 DE ABRIL MURIÓ, CARgado de años, Jorge Rodríguez Arbeláez y sólo unos pocos de sus amigos cercanos se enteraron.

¿Qué tiene de memorable haber sido un eterno enamorado del modelo federal de Estado y de la muy difusa idea de “autenticidad cultural”? La gloria del mundo sólo festeja a los hombres por sus logros, no por sus sueños frustrados. Y Jorge Rodríguez parecía carecer de “visión” al tomarse en serio estas dos ilusiones tan poco vendibles en nuestro mercado político.

No son sus victorias lo que lo rescatan del olvido, porque casi ninguna obtuvo. Muy modesta repercusión tuvieron sus tres proyectos de constitución federal, tejidos primorosamente —con frondosidad tropical de incisos—, en los que imaginó una nación diversa: un mosaico de regiones vigorosas que se autogobiernan para afianzar la unidad indivisible.

 Pero este sueño, tres veces editado: 1979, 1991 y 1999, ni estaba de moda ni daba salida a los terribles procesos sociales que han descuartizado a Colombia. Por ello, su utopía federalista quedó ahí dilapidada, a la espera de agendas futuras.

Contrario al discurso de las condecoraciones, en Jorge Rodríguez no relumbran resonantes triunfos. Lo enaltece su semblanza de intelectual descontextualizado, un poco desubicado, quizás poco oportuno. Lo hacen admirable su indiferencia proverbial hacia los halagos del poder (poseyendo nexos y fortuna), su incapacidad para buscar ser elegido a la Constituyente de 1991 bajo alguna bandera política, la risible condición que puso para aceptar la Defensoría del Pueblo en 1992: que lo dejaran despachar desde su vivienda campestre en Antioquia, para no ausentarse de su mujer enferma.

En 1968, cuando el éxito le sonreía como empresario de la capital, cometió la locura de dedicarse a crear un imperio de ciencia y cultura en una paradisíaca finca del Oriente antioqueño. Desprendiéndose de 112 cuadras de su herencia (las más caras de la comarca) fundó el Instituto de Integración Cultural Quirama (nombre de antigua tribu), al que invitaba a investigadores de la talla de Kurt Levi, experto canadiense en Tomás Carrasquilla, a pasar sabrosas vacaciones. Otro día se ingenió la maravillosa idea de convertir el chontaduro —manjar chocoano— en el rey de los pasabocas de las reuniones, incluidas las más sofisticadas. Pero carecía de la habilidad del triunfador o tal vez, como Borges, descreía del éxito y del fracaso.

Su figura se vuelve más entrañable porque no pudo divisar tierra prometida para sus ilusorias empresas, ni sus pensamientos lograron transformar de manera visible el entorno social. Cual árbol escaso en frutos fue un diletante, un pensador ágrafo sin amanuense para sus meditadas intuiciones.

Su Escuela Avanzada de Dirigentes desfalleció de inanición: en Colombia muy pocos dirigentes cultivan su intelecto para gobernar. De estar vivo hoy, tal vez se hubiera entusiasmado con los nuevos reclamos de autonomías regionales en nuestra América, aunque el rumbo que tomarán es todavía impredecible, dado el contexto político en que se enmarcan.

Jorge Rodríguez Arbeláez merece un lugar en la selectiva memoria del corazón, a pesar de que las élites lo encuentren poco atractivo para la glorificación: “Ni cuestor en Queronea,/ni lector en Babilonia,/ni coracero en Valmy,/ni infante en Ayacucho;/en el Orinoco buceador fallido”, diría Álvaro Mutis.

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