Uriel Ortiz Soto 12 Jun 2008 - 9:04 pm

Vida, pasión y muerte del Campesino

Uriel Ortiz Soto

Llega el mes de junio y con él, las tan cacareadas promesas que los gobiernos: regionales y municipales, suelen hacer a los campesinos en su día. No los bajan de ser los prohombres que forjan la riqueza y el futuro de la Patria, pero, se les olvida que muchas de esas promesas son producto de la euforia festiva, que ni el mismo festejado las cree, y se ríe para sus adentros, puesto que ya, su cuerpo encallecido y lacerado por la injustica social, se acostumbró a recibir y a escuchar las sinfonías inconclusas y folclóricas de sus gobernantes. 

Por: Uriel Ortiz Soto
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Hay que reconocer que el actual Gobierno Nacional se ha esforzado por dictar medidas claras y concretas que permitan corregir tantas injusticias sociales que desde siempre se cometen con los habitantes de la Colombia Rural; valdría la pena echar una mirada a los programas de los gobiernos Regionales y Municipales, sobre el manejo de estos recursos. Es para quedarnos totalmente asombrados, por la dilapidación, saqueo, robo y desviación de los aportes que el Estado apropia al desarrollo agropecuario del país. Las entidades del sector, por lo general no están diseñadas para cumplir con la función específica, en su mayor parte no pasan de ser centros de burocracia inoficiosa, donde se hacen investigaciones inocuas que a nada conducen.

Pero, es que estas graves denuncias hay que hacerlas señalando sin miedo y con pleno conocimiento de causa las varias y flamantes organizaciones que se dicen dar apoyo al sector rural: federaciones, cooperativas, asociaciones, corporaciones, fundaciones, es decir toda una parafernalia de ONG, nacionales e internacionales, que mas bien están dispuestas a hacer negocio con las necesidades básicas de quienes realmente trabajan la tierra. Hace poco se hizo un censo, y en solo Bogotá existen 257, todas con flamantes oficinas, gerentes con sueldo de ejecutivos y todo un séquito de burócratas aduladores que lo único que hacen es estar pendientes de los auxilios y beneficios que les aporta el Estado para su funcionamiento y así continuar dando rienda suelta a su ocio. Pero también vale aclarar que muchas de ellas si cumplen con su función social para las cuales fueron constituidas de acuerdo a su naturaleza y gestión.

Siempre he creído que el campesino desde que nace en Colombia, empieza a padecer la injusticia social que cometen los gobiernos de turno con las labores del campo. Empiezan también a ver las dificultades que sortean sus progenitores para llevarles un congruo sustento. Los establecimientos educativos cuando mucho se entreabren para permitirles acudir a los primeros años de instrucción primaria. Muchos de ellos a muy temprana edad tienen que desempeñar trabajaos forzados y pesados que no corresponden a su desarrollo físico. Cuando enferma alguien de su familia, el drama que se vive es tan angustioso que tienen que definir entre comprar la droga para el enfermo, o lo más elemental para la canasta familiar de la semana, puesto que carecen de asistencia médica y hospitalaria.

La vida del cosechero adulto por lo general se traduce en lograr que sus productos lleguen al mercado a precios justos y que por lo menos el Estado, se responsabilice de lo que producen, puesto que han atendido sus orientaciones, como es producir para el abastecimiento de las áreas urbanas. No es errado decir que el Estado, debe responderles por su compra, si es que realmente actúa con una política concertada de: producción, calidad y precios.  Sin embargo, para que esto ocurra en nuestro País, se hace indispensable rediseñar una política agropecuaria, con el objeto de definir el status social y rural campesino, para así otorgarle todas las prerrogativas de un buen desarrollo en las áreas productivas. 

La muerte para Campesino en Colombia, empieza a ser azarosa, cuando llega a sus cincuenta años de edad y no ha cumplido su sueño de ser poseedor de una parcela y un techo. A esta franja corresponde: el recolector, cosechero y jornalero, actividades que ocupan más del 50% de la población rural. Hay casos de labriegos de 80 y más años, trabajando la tierra, para poder subsistir, puesto que, toda la vida la dedicaron al campo como dependientes de fincas y agremiaciones que jamás los aseguraron a un servicio social, hospitalario y exequial.

Parte el alma, ver a los familiares de un campesino fallecido, recorrer las calles del pueblo, en busca de una ayuda para adquirir el cofre mortuorio y costear los funerales, porque murió de viejo en la más absoluta miseria por la indiferencia del Estado. No olvidemos que las injusticias que se cometen con los campesinos repercuten, con los desplazamientos masivos a las ciudades y el ingreso de muchos, a los grupos que operan al margen de la Ley.

Comunidad Desarrollo y Gestión

urielos@cable.net.co

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