príncipes o los ejércitos los que nos ayudaron a ser mejores, y Voltaire tenía razón cuando dijo que casi todas las épocas se parecen por su atrocidad y sus pecados, por la intolerancia de sus príncipes, por las intrigas de sus cortesanos, por el fanatismo de sus predicadores y por la crueldad de sus ejércitos; que quien no quiera perder su confianza en lo humano tiene que valorar las épocas por las conquistas del espíritu creador, por su capacidad de crear belleza y armonía, de encontrar pensamientos y valores que ayuden a los pueblos a vivir y a florecer.
Esas cosas que escriben los literatos pueden ser fácilmente calificadas de irreales. Pero su diferencia con las cosas reales es que pueden durar un poco más. Don Quijote duró más que Felipe II, aunque nadie en su tiempo podía dudar de que Felipe II era palacios, tronos, flotas navales, nubes de cortesanos y hormigueros de ejércitos. Hamlet, ese pobre espectro lleno de dudas y hecho de palabras, ha durado más que el imperio británico y posiblemente tendrá aún influencia perdurable sobre la humanidad del futuro.
Dicen también que los libros compiten en desventaja frente a otros poderes modernos como la televisión. Yo, que aprecio inmensamente el cine por su valor artístico y por su capacidad de crear densas y complejas parábolas que enriquecen la vida, descreo en cambio de las virtudes pedagógicas de la televisión. Si la televisión enseñara algo, todos en esta época seríamos eruditos, ésta sería la edad más cultivada de la historia, porque incesantemente se nos prodiga información y conocimiento sobre todos los temas: historia, biología, ingeniería, urbanismo, filosofía, astrofísica. Pero la televisión se ve mucho y se olvida mucho. Basta preguntarse por qué las empresas tienen que repetir tantas veces sus comerciales. Hay marcas que se anuncian desde hace setenta años y bastaría que dejaran de anunciarse un mes para que sus ventas descendieran dramáticamente. Ello no deja de ser gratificante: la publicidad sería una pesadilla si tuviera efectos perdurables.
Creo que en un pulso entre los libros y la televisión, es ésta la que está en desventaja. Y la explicación es sencilla: leer es un acto creador, porque lo que leemos en gran medida lo aportamos nosotros mismos. Los autores nos dan la partitura, pero nosotros ponemos la música. Aportamos nuestra memoria, nuestra sensibilidad, nuestra imaginación: ante la televisión a veces sólo aportamos nuestros ojos. Y el ser humano sólo recuerda profundamente aquello de lo que ha participado, no lo que pretende asimilar pasivamente y sin esfuerzo.
Creo pues en el poder de los libros y del lenguaje para cambiar a las sociedades. En el poder que tuvo la vasta y riquísima literatura del siglo XVIII para cambiar a Francia y con ella al mundo occidental, para hacer nacer un nuevo deseo de libertad, para formular el ideal, tan generoso y todavía tan imperfecto, de la democracia; para crear nuevos sueños y proponer nuevas metas a una humanidad malformada por los odios y humillada por la injusticia.
Y si bien creo que es urgente que haya entre nosotros cada vez más lectores, no estoy seguro de que los libros influyan solamente sobre quien los lee. Basta que un libro sea capaz de cambiar a un solo ser humano, para que su influencia termine alcanzando a millares. Porque ese ser transformado por el libro puede ser el emperador Adriano, puede ser Simón Bolívar, puede ser Gandhi. Cambiar a un solo hombre, a una sola mujer, puede equivaler a cambiar a toda una época, a todo un mundo.
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