Por: Ana María Cano Posada

Comparación odiosa

Es al regreso de este viaje a la otra Colombia inesperada cuando comprendo el tamaño de despojo que implica poder vivir en la ciudad. Establezco por comparación a la crianza forzada citadina de amoldarnos, lo que produce la libertad y el conocimiento vernáculo en los nativos de estos enclaves que resisten a la retroexcavadora del supuesto progreso.

Es enorme el impacto de la comparación cuando tengo intacta esta impresión de haber descubierto involuntariamente el significado de habitar un lugar donde los saberes tradicionales han permanecido por siglos con la vigencia de su uso y su incuestionable aplicación en la vida cotidiana.

Vengo de visitar dos extremos de Colombia que tienen ambos la misma condición: preservan la transmisión de generación en generación de lo que han comprobado como sagrado y cierto. Con distintos tipos de habitantes, estos paisajes opuestos tienen el privilegio de ser guardados por indígenas. Tanto en el Amazonas como en la Sierra Nevada de Santa Marta son ellos los que mantienen un orden basado en la naturaleza, su aprovechamiento y respeto.

Pueden ser arhuacos o ticunas, todas las etnias que subsisten toman en sus manos y su ideario la formación de los hijos, porque ninguno de ellos delega esa tarea clave de descubrir a los que llegan el valor de lo que han recibido. Les muestran en la práctica desde cómo conocer el lenguaje de las piedras; el régimen de las lluvias y el viento; el sistema asociativo del cultivo de la selva; la supervivencia de los menores en medio del bosque; a convivir con los animales y las plantas; la construcción a partir de materiales que aprovechan los cuatro elementos; el sentido colectivo de pertenencia que implican los rituales; y que están exentos de vivir a la ofensiva porque no se sienten agredidos. Y lo mejor, saben que el mundo que habitamos los otros existe, pero ellos están bien donde están. Allí toda pobreza está ausente.

Las ventajas de la ciudad, el gran invento humano, de reunir oportunidades, habitantes y servicios, quedan relativizadas al regreso, cuando tengo fresca la otra manera de vivir y percibo al rompe los pitos indiscriminados, la basura en las aceras, la imposibilidad de pasar una calle y veo a las personas solas o juntas, pegadas cada una al teléfono como si hablaran solas, incapaces de vivir sin transmitir lo que están haciendo. Ah, con que la civilización es esta...

Qué tamaño de despojo del sentido común que conecta con la naturaleza en la que hemos nacido se requiere para vivir en medio de la sordidez, acostumbrados a la violencia, viendo como natural la pobreza, e incapaces de ser autosuficientes en la vida cotidiana. Y lo más drástico, delegando sin reatos la educación de los hijos a terceros que nos rinden cuentas con números, en aras de vivir en comunidad, que de tal no tiene nada.

Puede ser la nostalgia del buen salvaje que todos albergamos, o creer tardíamente, como Rousseau, que se es bueno por naturaleza y la civilización nos corrompe, o en mi caso, el simple deslumbramiento de haber visto sin mediar espectáculo turístico, el orden claro de quienes son capaces de vivir con lo que tienen, sin desadaptaciones y cuidando como un tesoro prestado la riqueza del país que habitamos inmerecidamente.

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