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Piedad Bonnett 20 Abr 2013 - 11:00 pm

En compensación

Piedad Bonnett

Sirvienta o coima, así les decían —o tal vez les dicen todavía, no sé—, y aunque estas palabras son castizas, mucha gente todavía las usa de forma desdeñosa o hiriente.

Por: Piedad Bonnett
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Tal vez por esa carga negativa, hoy, cuando el oficio en que se desempeñan se ha dignificado, se habla más bien de empleadas del servicio doméstico, o de forma más coloquial, de “la muchacha”.

Muchos colombianos nos criamos al lado de esas mujeres, algunas de las cuales todavía hoy trabajan “internas”, y nuestra infancia y adolescencia estuvo influida por ellas. Dulces o amargas, solícitas o desdeñosas, cómplices o acusetas, hicieron parte de nuestro mundo con sus historias de vida, las canciones que oían o cantaban, y las radionovelas o telenovelas que entretenían sus horas y que a menudo compartíamos mientras hacían sus oficios domésticos. A todo el mundo, incluidos los legisladores, le parecía “normal” que las empleadas del servicio trabajaran con horarios extendidos de hasta 14 horas —porque debían atender desde el desayuno hasta la comida— y casi nadie se planteaba lo que significaba que este trabajo estuviera en manos de adolescentes, incluso niñas, que habiendo abandonado su entorno campesino, sus costumbres, su familia, habían tenido que venir a instalarse en casas ajenas en las que el arquitecto les había reservado un cuartico de dos por dos en el último rincón. Cuando alguna protestaba o conseguía un novio y decidía casarse, había “patrones” que solían decir que ella era una malagradecida, que no valoraba que tenía cama y comida y hasta televisión en el cuarto, y que prefería irse a vivir de pobre y a que le ensartaran varios hijos. Sin considerar que una empleada “interna” puede pasar fácilmente encerrada los mejores años de su vida, saliendo apenas los domingos, y en el mejor de los casos el fin de semana completo.

Muchas veces estas niñas o jóvenes fueron sometidas (o tal vez lo son todavía) a toda clase de maltratos, como lo testimonió hace poco una mujer —Amalia la ha llamado la Corte Constitucional, para proteger su identidad— a quien la familia de un alcalde militar en Anzoátegui, Tolima, esclavizó, torturó y violó desde niña, negándole educación, servicios médicos e información sobre su familia. Lo verdaderamente increíble es que hasta hoy tanto el oficial, ya retirado, como su mujer, alegan que ellos “cumplían con darle techo y comida”. “Recoger” esa niña era para ellos una obra de misericordia, y tenerla en esas condiciones algo que ni siquiera se planteaban como un delito. No muy distinto pensaban los que creían que los indígenas no tenían alma.

Lo tremendo es que esas prácticas, esclavistas y discriminadoras pero revestidas de paternalismo, no han logrado ser desterradas totalmente, a pesar de que desde hace 20 años se legisla a favor de los trabajadores del servicio doméstico. Un decreto reciente del Ministerio de Trabajo obliga a los patrones a afiliarlos a las cajas de compensación. Tendrán así, ahora, oportunidades que nunca soñaron: planes de vivienda, salud, recreación. Nada más justo. Y es que sólo la ley, aplicada con severidad, puede cambiar mentalidades y costumbres anacrónicas.

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