Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Complicaciones

Por muchas razones, no suelo contestar las críticas que ocasionalmente hacen a mis columnas o declaraciones. Ante todo, estoy más que consciente de la fragilidad de las palabras que pueda producir al calor de la coyuntura. A veces, me parece que el crítico de turno podría tener la razón. O que el paso del tiempo terminará aclarando el tema. En algunos casos, concluyo que el debate no vale la pena. Pero muy de tarde en tarde, el interés intrínseco del tema, o su importancia, o la línea de razonamiento del interlocutor me llaman la atención y me empujan a la liza.

En el caso de las observaciones que me hace Gustavo Duncan en El País hay una combinación de las tres, junto con un pelín de curiosidad: es que no veo el punto. Duncan alude a una entrevista mía en la revista Semana, en la que afirmé que en Colombia había una radicalización de la extrema derecha, no una polarización (que implica que hay dos polos que van a los extremos). Se declara en desacuerdo. Hasta aquí, clarísimo. Pero después habla de las identidades negativas (construidas por oposición a alguien), y al hecho de que las encuestas demuestran que existen. También hay un centro político, afirma, en donde caben algunos uribistas. Y termina contando que en cada campo, por ejemplo uribistas y antiuribistas, hay un 5 % de personas con creencias autoritarias. Condimenta todo esto con dos severas admoniciones: el asunto es más complicado, y en la izquierda hay sectores con una “peligrosa” orientación “iliberal”.

No podría estar más de acuerdo con esta segunda observación. De hecho, si no recuerdo mal, también hablé de los radicalismos de izquierda, no negando que existieran sino tratando de explicar por qué en este momento no eran muy viables. Acabo de leer dos libros estupendos que tratan el tema (El orden de la libertad, de Mauricio García, y Pasado imperfecto, de Tony Judt), y estoy trabajando sobre él. Y claro, como cualquier persona formada en ciencias sociales, sé que las cosas son complicadas. Todas. Pero si uno delimita claramente sus temas, y no procede de alguna otra manera —como por ejemplo la libre asociación— entonces la complicación se vuelve tratable.

A lo que yo me estaba refiriendo en la susodicha entrevista era a las tendencias de los liderazgos políticos; no me concentré en las preferencias de los electores. Duncan dice que no todo es como en los debates sobre la orientación sexual, donde la derecha sí ha sido iliberal. En realidad, el ejemplo es inapropiado, pues en aquellos debates los liderazgos se han fracturado a lo largo de líneas no estrictamente partidistas (hasta donde sé, Viviane no ha abandonado a su partido). Es cierto, en cambio, que la única fuerza capaz de capitalizar la agitación contra la “ideología de género” ha sido el Centro Democrático (CD). Pero si Duncan cree que la radicalización del CD se restringe a esto es que simplemente no lo ha seguido. ¿Hablamos de los supuestos a partir de los cuales se construye el discurso político? El CD ha declarado que la democracia ya no está vigente, y que Santos ejerce una dictadura. Como la de Maduro. ¿Hablamos de las propuestas inmediatas de acción política? “Volver trizas el acuerdo de paz”. Sacar a Santos. Los métodos, el lenguaje, la forma de movilización, son extremos. Esto incluye el silencio sepulcral ante las declaraciones exasperadas de sus propias bases (matar a Santos, celebrar el olor de la muerte, etc.).

Duncan buscó refutarme sin precisar ni de lo que yo estaba hablando ni sobre la evidencia relevante. Por ejemplo: nunca sugerí que el país estuviera partido en sólo dos (dije explícitamente lo contrario).

Hombre, Gustavo: yo también creo que las cosas son complicadas. Complicadísimas. Sólo que a mí me gusta comerme un bocado a la vez.

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