Por: Darío Acevedo Carmona

Con las manos en la masa

Así comenta el vecindario cuando un ladrón es descubierto in fraganti cometiendo un delito. En una situación así, se piensa que el pillo no tiene salvación, aunque pudieran darse casos en que este, viéndose en apuros, descargue el objeto robado a un lado y exclame “Yo no fui” o “Requísenme, pero eso no es mío”.

Ni más ni menos es lo que estamos presenciando en el bochornoso episodio, uno más, en la larga cadena que tiene en su haber el señor Juan Manuel Santos. Su proceder es tan grave que han resultado vanos y hasta ridículos los esfuerzos de sus escuderos por liberarlo de toda culpa en el episodio de la financiación ilegal de sus dos campañas presidenciales.

Las declaraciones de Roberto Prieto, su gerente, lo dejan por el suelo, sin opción distinta a la renuncia si en conciencia le quedase un resticio de decoro y de respeto por la ciudadanía. El problema no es que unos millones de camisetas hayan sido o no decisivos, como espetó Horacio Serpa, el escudero de Ernesto Samper en el escándalo del “ochomil”, ni que con afiches o sin afiches de todas formas hubiese ganado la presidencia en 2010 como dijo sin inmutarse el matemático Mockus a quien al parecer se le extravió su brújula ética y quizás por ello no atinó que el problema fue la financiación ilegal de la campaña Santos. Y claro, no faltan los que todo lo miran desde un retrovisor que alcanza a gobiernos anteriores, que remite a la culpa colectiva que diluye la falta en análisis soporíferos con tal de echarle un salvavidas a quien se está ahogando en el mar de sus propias sandeces.

La cuestión con Santos no puede ni debe pasarse por alto, como si nada hubiese sucedido, como si fuera verdad el “me acabo de enterar”, con que trató de autojustificarse y que en las calles suscitó reacciones de rabia e ironías por su cinismo.

Lo de Santos es, sin atenuantes, una forma de ser de la que él se ufanó y se sigue ufanando. No es ni siquiera la del tradicional jugador de póker que arriesga y engaña con sus gestos y miradas pero sin dar patadas ni esconder cartas. Santos, para recordar la memorable caracterización que le hiciera Carlos Gaviria, es una persona a la que “no han podido pillar diciendo una verdad”. Aunque él se ha encargado de demostrar que esa no es su completa personalidad. Es una larga órbita desde la organización fallida de un golpe de estado contra Samper y la financiación de su campaña por Odebrecht, las mentiras de la paz y el desconocimiento de la voluntad popular del plebiscito del 2 de octubre.

La lista de engaños, mentiras, ardides, trampas, mañas y ya hasta delitos es tan profusa como para no dejar dudas de que su problema es irremediable. Lo grave de todo ello es que este señor, bien educado, adinerado, miembro de una de las más rancias familias de la oligarquía cachaca y centralista que se cree dueña del país, con sus procederes ha llevado a la nación a una situación deprimente, de caos institucional, golpe de estado, sustitución de la Constitución, abolición de la separación de poderes.

Las consecuencias del desorden creado por el señor Santos son catastróficas desde cualquier ángulo y en casi la totalidad de los aspectos. Hay que repetirlo porque no estamos hablando del arroz que se le quemó o de un simple traspié. Se trata de temas capitales para Colombia. Es la demolición sistemática de la confianza y la credibilidad, no mucha por cierto, de un pueblo sufrido, aguantador, doliente, generoso y trabajador.

Digan lo que quieran los estudiosos de las “causas estructurales” del desastre institucional, échenle la culpa a la clase política, a la política, generalicen, repartan la culpa a tirios y troyanos, enmascaren a su dirigente, tapen su vergüenza por haberlo apoyado refiriéndose a otros gobernantes. Pero no podrán tapar el inmenso peligro que hoy encaramos: en la línea de sucesión caso de que se obtenga su renuncia por presión ciudadana estaría el general Naranjo, el mismo que asesoró la paz entreguista de La Habana y el presidente del Congreso, Lizcanito, envuelto en más de un lío y acusaciones varias, como para decir, “peor el remedio que la enfermedad”.

Y luego, el panorama de cara a las presidenciales de 2018. Están dadas casi todas las condiciones ideales, según Lenin y Gramsci, para que se produzca el “estallido revolucionario”: división irreparable de las “clases dominantes”, vacío de poder, crisis institucional, amplia desconfianza de la población en sus líderes tradicionales y en sus instituciones, existencia de fuerzas que ya están tratando, ni bobos que fueran, de aprovechar el momento para llamar a la formación de un “gobierno de transición” o “alternativo” e idiotas útiles que perteneciendo al establecimiento piensan que hay que darles su oportunidad.

¿Cómo no pensar en la Venezuela de los noventa? Se podría repetir algo parecido? No tengo la menor duda, eso puede llegar por la vía menos pensada y no tan dolorosa, en principio. No sobra advertir que, los que nos dicen que eso no será posible, son los que nos quieren meter como sea el modelito chavista.

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