Por: Javier Ortiz

La Corte y la cruz

El pasado 11 de febrero Wilson Castañeda Castro, representante de la organización Caribe Afirmativo, promotora del reconocimiento a la población LGBTI del país, estuvo como invitado en la mesa de diálogos de La Habana. Un par de días después, Wilson contaría que mientras Humberto de la Calle hizo una larga disertación sobre la homosexualidad en la que se remontó a la antigüedad griega, los delegados de las Farc parecían escolares bisoños enfrentados a un tema en el que se movían con torpeza.

La risa socarrona, los ligeros codazos de complicidad y la dificultad de los guerrilleros para entender los términos y usar el lenguaje políticamente correcto, hicieron que el activista gay aprovechara el tiempo que estuvo en La Habana para establecer un diálogo lo más parecido a una cátedra pedagógica sobre la diversidad sexual. Quizás es prematuro establecer un balance de la representación LGBTI en La Habana, pero Castañeda destacó la apertura a asumir responsabilidades por parte de las Farc, y la emisión de un comunicado en donde anotaron que “la lucha contra la homofobia era legítima y necesaria”.

Sin duda, el escenario del posconflicto estaría incompleto si quienes pretenden entrar a la vida civil no se ponen a tono con las dinámicas sociales de respeto a la diversidad. Pero no sólo los que tienen callos en las manos de tanto cargar fusiles haciendo la guerra deben ser desarmados. Muchos, atrincherados en sus obcecados y rancios criterios, parapetados en una visión mezquina de la sociedad, promueven a diario la intolerancia y las prácticas discriminatorias contra la población sexualmente diversa.

Por supuesto, siempre será más fácil opinar desde la comodidad que garantizan esas trincheras milenarias, pero la nación necesita gente con la capacidad y visión para entender y afrontar los retos de un mundo diverso. Nuestros políticos y funcionarios deberían ser capaces de hacer pronósticos responsables y no profecías embaucadoras que satanizan los cambios progresistas como si fueran los prolegómenos del apocalipsis.

Hace unos días, cuando el país despertó, la homofobia todavía estaba allí. Aún no se habían secado por completo las cruces de ceniza en las frentes de los feligreses católicos, cuando la Corte Constitucional limitó la adopción de las parejas del mismo sexo a que uno de ellos sea madre o padre biológico. No hay que ser jurista para saber que el fallo de la Corte es tímido. Lo que hace, en el fondo, es ponerle un atenuante a la típica visión prejuiciada sobre esta población. Contradice, además, el espíritu igualitario que promueve el Estado social de derecho. En resumen, lo que tenemos son unos ciudadanos y ciudadanas que deben cumplir, como el resto de la población heterosexual, con los deberes constitucionales, pero sin poder acceder a los mismos derechos.

Para los que estamos atentos a los símbolos no pasa inadvertido que el fallo se haya promulgado el miércoles de ceniza. Justo el día en que en el mundo católico occidental finaliza el carnaval y comienza la cuaresma. Tal vez seríamos un mejor país si con la misma devoción con la que muchos acudieron a ponerse una cruz de ceniza en la frente, nos movilizáramos por una población que reclama nuestros mismos derechos.

* Javier Ortiz Cassiani

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