Por: Juan David Correa Ulloa

Las costumbres

Las costumbres burguesas han estado presentes en la literatura desde que esa clase social se impuso con la modernidad. Sin embargo, en América Latina, el correlato de las clases altas ha tenido momentos brillantes y muchos vacíos evidentes. Es fácil el resentimiento en contra de lo establecido y por ello, cuando algunas de nuestras novelas han abordado el tema, a veces han caído en la caricatura evidente.

Luis Fernando Charry es un escritor que se ha interesado por ese mundo, por la decadencia de sus maneras y por la extraña forma de vivir en nuestras realidades soñando siempre con Europa o Estados Unidos. Desde su anterior novela, Ruinas familiares, Charry ha intentado descubrirnos el mundo de una clase alta colombiana que ha aterrizado, a pesar de sus pretensiones, en la cruda realidad del dinero fácil y en la evidente relación con la corrupción.

La novela se ocupa de una típica familia bogotana crecida en el barrio Santa Ana, conformada por dos hijos, la madre y el padre. El hijo mayor entra en la vida de Margarita, se casan y allí comienza la obra. Ella vive una existencia desesperada con el mayor de los hijos de don José María, un prohombre que ha comenzado a padecer alzhéimer. Su relación sobrevive, pues ella se niega a dejar las comodidades de su vida burguesa. Sus pinturas se venden porque su marido hace que sus amigos compren su producción. De otro lado, el menor es el segundo eje de la novela. Él, un muchacho de 25 años, ha comenzado a comprender que su destino es de una llaneza brutal. Casado con una modelo, y marihuanero desesperado, sus días se van entre las trabas y las conversaciones fútiles con amigos del club.

En esa itinerancia de voces Charry ha logrado una mirada bastante cínica y lograda. Aunque por momentos sus diálogos son intrascendentes y su jerga predecible, lo importante de esta novela es que se la juega a creer que hay material literario en los baños turcos del country o en las fincas de Anapoima. Un material que, por supuesto, al desnudarse es patético.

 

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