Por: César Ferrari

Para crecer aceleradamente: la cuestión cultural e ideológica

Muchos economistas piensan que la teoría económica logra explicar por si sola el comportamiento individual y social y que la dimensión económica es la única dimensión de la vida humana. Por su parte, muchos científicos provenientes de otras disciplinas sociales están convencidos que todos los economistas piensan de esa manera. Grave error: ni la economía explica todo, ni es la única dimensión social.

El desarrollo económico y social se explica por muchas razones, no todas ellas económicas. Más aún, es muy probable que los éxitos y fracasos de los países tengan, en últimas, explicaciones no económicas sino culturales e ideológicas. La cuestión resulta más o menos evidente cuando se comparan los desarrollos de los países asiáticos versus los de los latinoamericanos. 

Por ejemplo, mientras que a partir de los años setenta y ochenta, durante varias décadas, China y Corea crecieron económicamente en forma sostenida a tasas anuales promedio cercanas al diez por ciento, Colombia y Perú nunca alcanzaron, ni de lejos, tasas semejantes. De tal modo, mientras que en esos pocos años, de ser países pobres y atrasados, China pasó a ser la segunda economía mundial y Corea a ser una economía industrializada, Colombia y Perú continúan siendo países de ingresos medios bajos, sobrepasados por los primeros y con riesgo de quedarse rezagados en forma permanente, con lo que gran parte de sus poblaciones seguirán agobiadas por la pobreza y la inequidad.

Ciertamente, las estrategias económicas fueron distintas: los asiáticos conocedores de sus limitaciones de ingresos decidieron producir y vender manufacturas en los mercados internacionales;  los latinoamericanos volvieron a la producción de las materias primas, sin mayor intento por transformarlas, para venderlas también en los mercados internacionales. Para ello, los primeros hicieron a sus productores de manufacturas sumamente competitivos, los segundos desarrollaron sus materias primas al vaivén de los precios internacionales.

Para obtener esa competitividad, China orientó su política monetaria a lograr una tasa de cambio devaluada y estable, y a través de bancos estatales proporcionó costos financieros reducidos a sus empresas. A su vez, el Estado coreano usó su política fiscal para subvencionar a sus productores y los avaló para que obtuvieran crédito barato en los mercados internacionales. Mientras tanto, chinos y coreanos desarrollaron fiscalmente su infraestructura económica para aumentar la productividad de sus empresas.

En cambio, colombianos y peruanos usaron la política monetaria para combatir la inflación y la fiscal para subsidiar a sus consumidores. A su vez, al reconocer tardíamente la importancia de contar con una buena infraestructura económica, y como los recursos fiscales están orientados a otras prioridades, intentan financiarla con recursos privados que deberían dedicarse a la expansión de las empresas.

Pero ¿Por qué ocurre ello? ¿Cómo es posible que después de décadas de observar que los asiáticos nos han sobrepasado, persistimos en seguir aplicando las mismas políticas? Más aún, ¿por qué en algunos países sus líderes han tratado de responder a los problemas sociales volviendo a aplicar las políticas de décadas pasadas que tampoco funcionaron? ¿Por qué en esta parte del mundo la política económica no se juzga por resultados?

La cuestión no es ciertamente económica. Es cultural e ideológica. Mientras que a los asiáticos no les importa de “que color son los gatos si no que cacen ratones”, como decía Deng Xiaoping, quien transformó China, los latinoamericanos estamos regidos por cuestiones ideológicas: se persiste en la política no porque funcione si no porque corresponde a la ideología de turno. Mientras allá el sentido práctico de las cosas es lo que decide, aquí seguimos repitiendo algún libro de texto. Mejor dicho, en últimas, o nos volvemos más prácticos, o seguiremos dependiendo de lo que otros decidan o hagan.

Profesor, Pontificia Universidad Javeriana, Departamento de Economía.   

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