Por: Diego Aristizábal

Creer en la educación

Hace un par de años hice un trabajo para la Fundación Bill & Melinda Gates.

Mi tarea consistía en ver cómo los parques biblioteca de Medellín estaban beneficiando o no a la comunidad, si en realidad era tanta la maravilla que pregonaban por ahí. Recorrí cada uno de los espacios vinculados con la red de bibliotecas públicas y en la medida que conversaba con los usuarios y con los vecinos entendí que estos parques sí estaban transformando su entorno, sí estaban generando una dinámica distinta en sectores donde antes sus habitantes eran recordados por políticos que subían con sus megáfonos en campaña a prometerles el cielo y la tierra pero apenas eran elegidos nada cambiaba.

Ya en aquel entonces, como me lo dijo el coordinador de la biblioteca San Javier La Loma, se estaba entendiendo que no era suficiente prestar y cuidar los libros sino que era necesario ir más allá; por ejemplo, generar confianza en la gente para que supere los miedos que deja la violencia. La biblioteca se volvió un lugar de encuentro donde es posible generar contenidos, reconstruir la historia de las personas y del barrio respetando las diferencias. “Tenemos la idea de que se aprende más en comunidad”, no se me olvida esa frase.

Pero tal vez la respuesta que más me sorprendió fue la de un joven de Santo Domingo Savio que encontré después de trepar unas angostas y laberínticas escaleras, a unas cuantas cuadras del Parque Biblioteca España. Él no estaba de acuerdo con las personas que afirmaban que lo mejor era que repartieran la plata con la que hicieron la biblioteca para ayudarle a los más pobres. ¿La razón? “Porque esa plata así se hubiera ido en un momentico en un sancocho, en una borrachera, en cambio esta biblioteca le va a servir por mucho tiempo a los niños, jóvenes y adultos”. Este joven, que hacía parte del programa Paz y Reconciliación, creía que por fin la educación, con el tiempo, haría que desaparecieran las armas y la guerra de su barrio. Su respuesta me dejó sorprendido porque era más que obvio que esa simple estructura ya había empezado a transformar la mente de los niños y jóvenes, les había dado otra visión de la vida.
Por eso me entusiasma tanto que ahora en Antioquia se estén construyendo parques educativos en municipios que van desde Chigorodó hasta Yondó, desde Cáceres hasta Caramanta, pasando por Vigía del Fuerte, El Bagre, Anzá, Alejandría, Tarazá, entre otros. En esta primera parte del proyecto 45 municipios se comprometieron con la educación y con la sostenibilidad de los parques que serán inaugurados el otro año.

Yo sí creo que el futuro de un departamento y, desde luego de un país, está en la materialización de iniciativas que piensan la educación. Estos parques tienen hoy soñando a los arquitectos que deberán entregar en agosto sus propuestas de diseño; luego serán los niños, los jóvenes, los habitantes de los pueblos quienes al apropiarse de éstos forjarán una cultura imparable. Cuando un departamento piensa con tal intensidad la educación las cosas pintan bien y todo, con seguridad, puede empezar a cambiar. 

desdeelcuarto@gmail.com / @d_aristizabal

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