Por: Salomón Kalmanovitz

La crisis de Venezuela

Venezuela ha crecido poco en los últimos 15 años y algunos de sus sectores se han contraído.

Un índice de producción física del Banco Central de Venezuela informa que el volumen de petróleo había caído 8%, el acero 25%, el aluminio 48%, vehículos 32% y azúcar 13% entre 1997 y 2011.

El petróleo viene en franca caída, a pesar de contar con una de las reservas más abundantes del mundo. Según la CIA, la producción en 2013 será de 3 millones de barriles diarios, de los cuales consume medio millón, prácticamente regalados, y subsidia otros 300.000 que van a Cuba, Nicaragua y Bolivia. La falta de mantenimiento en las refinerías ha provocado incendios y una reducción de la producción de gasolina. A pesar de que el barril se cotiza a más de US$100, las reservas internacionales del país han venido descendiendo y las importaciones son insuficientes para abastecer el consumo local.

Las grandes inversiones en la refinación de aluminio en la región de la Guayana parecen haber fracasado por problemas logísticos y de administración politizada, al igual que la vieja aspiración de construir una industria pesada basada en la producción de acero y energía eléctrica barata, derivada de fuentes hídricas abundantes. De hecho, son frecuentes los apagones, lo cual sirve para acusar a la oposición de todos los males derivados de la malas políticas públicas, la baja calidad de la administración y la corrupción sin límite que permite un régimen que aplasta a la oposición y silencia a los medios de comunicación.

El control de cambios que impera desde hace una década y una tasa de cambio oficial subvaluada —que es una séptima parte de la que impera en el mercado negro— es otra avenida de corrupción, pues el arbitraje, que equivale a comprar el dólar oficial y venderlo en el mercado, termina siendo extraordinariamente lucrativo. La política de asfixiar a la burguesía productiva, negándole acceso a las divisas para adquirir maquinaria y bienes intermedios, explica una acentuada reducción de la producción de bienes de consumo que deben ser sustituidos por importaciones, o sea, el modelo de industrialización de la Cepal patas arriba.

Las autoridades dicen que el ingreso de los pobres ha aumentado tanto que desborda la oferta de los bienes de la canasta familiar y eso puede ser cierto. Pero más aún lo es que la capacidad utilizada por la industria es de sólo el 50% de su potencial y que la logística de la distribución de las importaciones es tan engorrosa que desata el desabastecimiento a todos los niveles. Por lo demás, la reforma agraria no ha producido los resultados esperados: las expropiaciones abusivas han hecho caer la producción de alimentos. Al mismo tiempo, el Gobierno financia con emisión primaria un déficit fiscal de 15% del PIB. En lo que va de 2013, el Índice de Precios al Consumidor aumentó 34,3% y el de alimentos 42%, desbordando los salarios y produciendo un creciente inconformismo entre los que iban a ser beneficiarios del socialismo del siglo XXI.

El deterioro económico se da en medio de un situación política complicada: escasa legitimidad del gobierno de Maduro, que ganó la Presidencia raspando y que está amenazado por sectores militares nacionalistas que desconfían del apoyo cubano a su gobierno. Maduro recurre todo el tiempo a la paranoia persecutoria, que va perdiendo su eficacia; por eso está lejos de unir al país para que produzca más y supere la enorme carestía que ha sido autoinfligida.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Salomón Kalmanovitz