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Julio César Londoño 8 Mar 2013 - 11:00 pm

Cristianismo y reingeniería

Julio César Londoño

Las estructuras de las instituciones no pueden ser tan rígidas que les impidan adaptarse a los cambios, ni tan flexibles que parezcan inspiradas en la filosofía de Groucho: “Estos son mis principios, señor, pero si no le gustan, tengo estos otros...”.

Por: Julio César Londoño
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Las religiones son dogmáticas porque son dictadas por dioses severos, seres que huyen de la flexibilidad como del demonio. Sufren de horror flexibilis. Ellos han enseñado a sus patriarcas y profetas que lo flexible lleva a lo mullido, es decir, a la laxitud, la sensualidad, la voluptuosidad, la concupiscencia y demás arenas movedizas del placer.

La rigidez de la religión católica es proverbial y se evidencia en hechos tan obvios como su terquedad frente al celibato, el ascenso social de la mujer, los métodos anticonceptivos y la diversidad sexual. Pero si la miramos a escala histórica, hay que reconocer que ha sido una religión dinámica, un corpus mitológico que ha estado reinventándose de manera constante a través de los siglos.

Baste, por ejemplo, mirar el gran cambio que hay entre esa divinidad irascible que es el Jehová del Antiguo Testamento, una potencia israelita, y el internacional, carismático, amoroso y revolucionario Jesús del Nuevo Testamento. Todos estos cambios se deben a san Pablo, genio del marketing, hacedor del Hacedor.

Después vino san Agustín, el más agudo filósofo de la cristiandad. El obispo de Hipona entendió la afinidad íntima que unía el espíritu de la doctrina cristiana y el idealismo de Plotino, una derivación sutil de la filosofía platónica, y le dio a las sencillas y poderosas razones de los pescadores de Galilea la hondura del pensamiento griego.

Siglos después, santo Tomás intentó lo imposible: sustentar la fe a través de la lógica aristotélica. La empresa fracasó, claro; era un imposible, una contradicción en los términos, una cuadratura piramidal del círculo. Sin embargo, sus desvelos dejaron un corolario notable, La suma teológica, la vulgata de la Iglesia, una catedral de papel formada por 512 cuestiones, 2.669 artículos y más de 10.000 objeciones encriptadas en 25 tomos que introdujeron cierto orden en la bizarra mitología cristiana del Bajo Medioevo.

En el XVI se produjo el cataclismo de la Reforma, movimiento religioso separatista contra la autoridad y la doctrina de la Iglesia católica de Roma que dio origen en Alemania al luteranismo, en Francia al calvinismo, y al anglicanismo en Inglaterra. La Reforma ha sido hasta ahora la reingeniería más profunda, crítica y fecunda sufrida por el cristianismo.

Otro punto alto del pensamiento cristiano es la aparición de Teilhard de Chardin. Desgarrado entre su fe por la creación y la evidencia científica de la evolución (Chardin era un hombre de ciencia), encontró una solución brillante: así como la selección natural es el ardid clave de la evolución, dijo, la evolución es el mecanismo biológico de la Creación. ¡Qué talento! ¡Qué peligro!

Nuestro tiempo no ha sido ajeno a los revolcones de la doctrina. Hace poco Juan Pablo II perpetró la más audaz herejía registrada en dos mil años de historia cristiana. Sin el más ligero temblor de la mano, cerró el Infierno. El Infierno, dijo, no es un lugar geográfico sino un estado de la conciencia. Por increíble que parezca, el hecho no suscitó ni siquiera un cisma de baja intensidad.

Más discreto, más gris, menos fuerte, Benedicto XVI tuvo que limitarse a cerrar un establecimiento menor, el limbo. El hecho no causó tantos titulares como el golpazo de su antecesor, pero llevó la paz a millones de padres atribulados cuyos hijos habían muerto sin la sal del bautismo.

  • Julio César Londoño | Elespectador.com

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