Por: María Elvira Samper

Cruel incertidumbre

HAGO PARTE DE QUIENES CREEN EN la negociación política como la vía para poner fin al conflicto armado, y todos los días hago grandes esfuerzos para ponerle fe al proceso de La Habana, vencer prejuicios, reservas morales, repugnancias y rabias.

Sin embargo, con el paso del tiempo y las frecuentes turbulencias que sacuden la mesa de negociación, las dudas crecen.

No contribuyen al optimismo las provocadoras declaraciones de los voceros de las Farc, y a veces tampoco ayudan las del propio presidente Santos, porque confunden a la opinión que desconoce la verdad de lo que sucede en la mesa diálogo y expresa su pesimismo creciente sobre la posibilidad de llegar a un acuerdo con las Farc. El clima es muy negativo y con un rechazo a la guerrilla que supera el 90%, declaraciones como las que el presidente Santos le dio a Blu Radio, el pasado 5 de septiembre, despiertan muchas inquietudes. Aquí van dos de ellas:

1. “Quién se puede imaginar, a quién se le puede ocurrir, que las Farc van a dejar las armas antes de un referendo que pueden perder”.

La “dejación de las armas” es el punto 2 del tema tres de la agenda, ‘Fin del conflicto’, y como el principio de la negociación es que “nada está acordado hasta que todo esté acordado”, si las partes llegan a un acuerdo final, la expectativa es que ese punto —parte del núcleo duro de la negociación y su fin último—, quedara claramente definido: qué se entiende por ‘dejar las armas’ (entrega, destrucción, inutilización, congelamiento…), cómo, cuándo, condiciones y garantes.

Pero el punto es más complejo y, sin duda, constituye la piedra de toque del proceso. Dejar las armas es un asunto en extremo sensible para las Farc, pues forjaron su identidad alrededor de las armas y entregarlas es para ellos sinónimo de rendición, claudicación… Las Farc no están dispuestas a la foto de la entrega de sus fusiles a los negociadores del Gobierno, que es lo que quisiéramos ver. Por otra parte, su paso a la vida civil significa un riesgo de seguridad —ronda el fantasma de la aniquilación de la UP—. Pero el problema es que esa tragedia —derivada de la perversa estrategia de la combinación de las formas de lucha— hace inaceptable que la guerrilla haga ese tránsito si conserva las armas en remojo.

Me temo, sin embargo, que las Farc no van a firmar un acuerdo que contemple el desarme como tal. Su apuesta, y así lo han expresado, es por un proceso como el del Ira en Irlanda del Norte, que hizo mayor énfasis en la cesación de todas las formas de violencia que en la entrega de armas (el Ira tardó siete años en entregarlas luego del Acuerdo del Viernes Santo) ¿En esa dirección apunta lo que dijo Santos? Si es así, habrá que exigirles a las Farc el compromiso de parar los actos violentos. La pregunta es si eso tendría un impacto determinante para refrendar el acuerdo.

2. “Las Farc no van a decir que se desmovilizan sin que nadie les haya dado ningún tipo de garantías legales para que puedan participar en política… Uno tiene que ponerse en los zapatos de la contraparte”.

Si los comisionados del Gobierno —que negocian a nombre del Estado— no son los que dan las garantías, entonces… ¿quiénes? ¿Quiénes tienen que ponerse en los zapatos de la contraparte: los colombianos que jamás hemos usado armas ni volado pueblos, ni sembrado minas, ni matado, que condenamos la violencia y el secuestro como formas de hacer política, o son las Farc las que deben ponerse en el pellejo de sus millones víctimas —directas o indirectas—? Ahí les dejo mis inquietudes.

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