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Daniel Pacheco 4 Mar 2013 - 9:59 pm

La crueldad de los animales

Daniel Pacheco

Algo raro está pasando entre las mujeres y sus perros.

Por: Daniel Pacheco
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También pasa con hombres, pero sobre todo conozco casos de mujeres. Las he visto —a amigas y conocidas— cuchichearlos, protegerlos, gastar su tiempo y su dinero, y sobre todo invertir cantidades melosas de amor en animales de escaso discernimiento, dudosa higiene y moral inexistente.

El perro pasa de olerle el ano a otra perra, a lamer la cara de su dueña, y a cambio recibe una felicitación. Parece la obra de un ser astuto y calculador, sin embargo, cuando pasa enfrente a un espejo, se ladra a sí mismo, demostrando una incapacidad básica para reconocerse. Esa mirada tierna está tan vacía que adentro cabe cualquier cosa que sus dueñas les quieran atribuir: el perro está feliz, el perro está triste, el perro sabe que yo estoy triste y me conforta, el perro está celoso, el perro quiere ir al colegio, el perro está cumpliendo años.

Los perros son muy inteligentes, pero están lejos de tener algo cercano a una emoción o un razonamiento como los tenemos nosotros. Sienten miedo, sienten hambre, sienten frío. Pero no se enamoran, no tienen amigos, no se atribuyen un lugar en el mundo, no tienen conciencia de sí mismos y, por eso, no tienen conciencia de los demás. Apostaría mi pellejo a que si entra un caníbal a la casa de la dueña, la mata y la cocina, el perro se sentaría feliz con el verdugo a compartir un trozo de la mano que le dio tanto tiempo de comer.

Me dirán que hay estudios. Stanley Coren, un neuropsicólogo (y aficionado a los perros), sostiene que los canes tienen el nivel de inteligencia de un niño de dos años. El método de investigación de Coren se basa en encuestas a dueños de perros, adiestradores y algunos experimentos. Sin embargo, como todos los psicólogos animales, Coren se estrella con el demoledor argumento conductista, que puede explicar las mismas acciones “inteligentes” de los perros por medio de una cadena de acondicionamiento por ensayo y error, castigo y recompensa.

Divago. No son los perros, sino sus dueños, lo que interesa. Algunos de ellos, embebidos por el amor a sus mascotas, están redefiniendo la relación moral de los hombres con la naturaleza. Ahora se volvió un acto de crueldad bajar al perro de la cama. O peor: en EE. UU. han encarcelado a gente por violar a un perro, lo que es un enigma, pues no hay forma de averiguar si el perro no quería. Bajo este nuevo estándar, los indígenas y los campesinos serían el colmo de la inmoralidad animalista, cuando son estas las personas que están más involucradas con la suerte del caballo de la zorra que con la del zorrero y su familia.

Y está bien. Es decisión de cada cual darle lo que quiera a su mascota. Pero que no venga este nuevo idilio antinatural disfrazado de la altura moral de quienes se lanzan en defensa de la vida y la dignidad de los indefensos animales. La mirada de rencor hacia el hombre que estrella un fuete contra un animal, al que patea un chandoso en la calle, es igual de cruel y mucho más inhumana.

  • Daniel Pacheco | Elespectador.com

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