Por: Santiago Montenegro

Cuatro tareas necesarias

Los actuales no parecen ser tiempos de optimismo y de esperanza. Denuncias de corrupción; anuncios de financiación ilícita de las campañas; área de siembras de coca iguales a las que teníamos en el 2000; disidencias de las Farc; asesinatos de líderes sociales; una economía que difícilmente crece al ritmo de la población; reformas tributarias cada 20 meses, que, a duras penas, mantienen los recaudos tributarios en un 15 % del PIB; una informalidad laboral de un 65 %; un producto por habitante (como porcentaje del de los Estados Unidos) que, según cifras de la OCDE, es un 25 % inferior al que teníamos hace medio siglo. A nuestros problemas coyunturales y estructurales podríamos agregarles los de fuera, como los de nuestro país vecino, Venezuela, en donde su mandatario culpa ahora a los pequeños panaderos del desabastecimiento, o las incertidumbres provenientes de los Estados Unidos, en donde un presidente inestable dice una cosa un día, para argumentar lo opuesto al día siguiente.

Todo esto es cierto y, por eso, el palo no está para cucharas. Pero, aun en estas circunstancias, no podemos caer en una frustración que nos paralice. Tenemos que emprender unas tareas que respondan a los grandes desafíos que enfrentamos.

En primer lugar, tenemos que continuar fortaleciendo el Estado, que durante mucho tiempo fue incapaz de mantener el monopolio de la fuerza, la justicia y la tributación. Esta situación ha cambiado y, en los últimos años, nuestras fuerzas armadas lograron superar los promedios de América Latina en soldados por cada 100.000 habitantes. Esa labor hay que mantenerla y profundizarla en lo que tiene que ver con la provisión de esos bienes públicos esenciales. Pero, en segundo lugar, si queremos que el Estado en Colombia llegue a emprender algunas de las funciones que realizan los Estados del bienestar en Europa o en países vecinos a nosotros, como Brasil, tenemos que incrementar los recaudos del Gobierno, pero no subiendo los impuestos, sino formalizando la economía. No podemos continuar en una situación en la cual, de los 22 millones de ocupados, solo dos millones declararan renta y solo 7,8 millones contribuyen a la seguridad social, u otra en la que solo unas 3.500 empresas pagan un 80 % de los impuestos de todas las personas jurídicas, que son más de un millón.

En tercer lugar, esa mayor formalización de la economía y esos mayores recaudos del Gobierno son impensables sin un nuevo sistema de gestión y administración de las entidades públicas. La nuevas tecnologías permiten incorporar sistemas de gerencia pública, ya probados en otros países, que incrementan la productividad del Estado, al tiempo que acrecientan la transparencia y se tornan indispensables para eliminar la corrupción.

En cuarto lugar, dado que los recursos del Estado, aunque logremos subirlos como porcentaje del PIB, siempre serán insuficientes, será necesario priorizarlos. Y para priorizar el gasto público y en general para fortalecer la democracia, tenemos que crear espacios nuevos de deliberación pública, incluyendo espacios de debates en los canales nacionales, en horarios triple A.

Al caos de las redes sociales, que a veces se asemejan incontroladas, tenemos que responder con debates bien estructurados y bien moderados.

Un Estado más fuerte y mejor administrado, con una economía más formal, generando más recursos públicos, es impensable sin una democracia realmente deliberativa.

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