Por: Catalina Ruiz-Navarro

La Cultura y sus murallas

El Hay Festival se ha convertido en uno de los eventos culturales más exitosos de Colombia. La oferta de conferencias siempre es interesante; al asistir, uno se encuentra con chascos, sí, pero también con sorpresas muy agradables.

Escuchar en persona a los autores tiene un impacto en la experiencia que uno tiene de sus obras, la discusión en vivo abre las puertas a ideas inesperadas, y hay un real acercamiento a nuevos autores que traen noticias de otros mundos al público colombiano.

Por supuesto, el Hay Festival es un evento de élite, un largo coctel para un gremio, una feria de vanidades culturales. Pero esos son padecimientos endémicos de cualquier evento de este tipo, pues toda apología a la cultura implica una definición de cultura, y la acción de definir es necesariamente excluyente. Esa definición de “cultura” que propone el Hay Festival, a saber: la élite culta que se pasea por las calles de una ciudad de pastillaje, comprando y comentando libros al tintinear de las copas de vino, parece una postal nostálgica de mediados del siglo XX. Si bien esto no es malo en sí mismo, es muy diciente de una concepción anacrónica y generalizada que tenemos de “lo culto”.

Por ejemplo, en su blog de la revista Enter, Luis Andrés Iregui reclama que “por ningún lado estaba presente la tecnología, ni el papel cultural tan crucial que juega hoy en día en prácticamente todas las áreas del conocimiento”. Es cierto, la tecnología estuvo ausente como tema y como herramienta. La página web del festival fue meramente informativa, con un link para descargar el programa en pdf, y los libros de los invitados sólo estaban disponibles en sus formatos físicos, nada en digital. Twitter no se usó ni para anunciar cancelaciones y por supuesto que no hubo streaming en vivo, ni veremos en Youtube ninguna conferencia. Las nuevas tecnologías —las llamo nuevas por contraste con otras viejísimas, como el alfabeto— se quedaron por fuera de las murallas del Hay Festival, que parecía hacer caso omiso a que el medio es el mensaje.

Otro ejemplo: Vargas Llosa, encarnando la ironía que subyace al festival, señaló lo embrutecedor que es “el entretenimiento” y lo enriquecedora que es “la Cultura”, al tiempo que contaba cómo la pluralidad de su experiencia en el colegio Leoncio Prado —donde escribía novelitas porno para sus compañeros de todos los estratos sociales y regiones del Perú— lo convirtió en escritor. Esa cerca construida alrededor de las “artes nobles” para protegerlas, en realidad las encierra y hace que los clásicos olviden sus orígenes mundanos. El festival mostró que series de televisión, los tuits, las entradas de blog y los videojuegos, entre otros, aunque podrían ostentar el rimbombante título de “clásicos” (incluso desde la definición de Italo Calvino) se siguen viendo como géneros pedestres. Hay que resaltar, sin embargo, que el cómic y la novela gráfica ya tienen un puesto dentro del festival y, por lo tanto, dentro del canon.

¿Es esto una crítica al Hay Festival? ¿Un llamado a que deje de ser snob y se abra a las masas? No necesariamente, el Hay Festival es síntoma no causa, y como dije arriba, hablar de cultura implica hacer exclusiones. ¿Deben incluir estos festivales a las manifestaciones que excluyen para legitimarlas? No, porque por fuera de la muralla no hay necesidad de legitimación. Es la Cultura la que necesita a “las culturas”, para oxigenarse, para plantearse preguntas y no quedarse en una endogámica adulación. Lo que estos festivales nos exigen es un alto grado de suspicacia, pues la cultura se muere si no se problematiza y eso implica dinamizar, cuestionar y abrir la definición que tenemos de cultura para dar con una más vigente y vital y no terminar con un fantasma sepia atrapado entre las murallas.

 

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