Por: Eduardo Barajas Sandoval

Hacia la cúspide de la pirámide

Si una revolución no concluye con la propuesta y la capacidad de establecer un orden nuevo, todo lo que termina por hacer es propiciar el caos.

Los hechos han venido a confirmar las dudas que se tenían cuando la gesta del destronamiento de Hosni Mubarak parecía culminar con la elección de Mohamed Morsi a la Presidencia de Egipto. ¿Cómo pudo el proceso iniciado apenas hace dos años, que aceleró el ritmo de la “Primavera”, terminar en el baño de sangre que ahora presenciamos con horror? La respuesta parecía evidente desde un principio, porque las revueltas de entonces se desataron más por el hastío y la asfixia de la población, luego de treinta años de la misma dosis diaria de un régimen que había llegado al límite de sus posibilidades, que por la presencia de una alternativa de relevo.

Los hermanos musulmanes, relegados y combatidos a lo largo de esas mismas tres décadas, habían hecho el curso completo de una oposición casi clandestina, trabajando en el ánimo de amplios sectores populares, pero no habían tenido la oportunidad de prepararse para asumir las funciones del gobierno, con todo lo que ello requiere en materia de conocimientos y experiencia. Como en todos los países donde la precariedad del sistema político no permite el ejercicio de una oposición edificante, a la hora de tomar el poder los recién llegados se vinieron a estrenar en el oficio a costa del país entero. Y una vez más se demostró que el desconocimiento de las claves de la gestión económica, mas el revanchismo en el orden político, se pueden convertir en los peores enemigos del éxito de los experimentos de gobierno de quienes han pasado su vida dedicados a criticar desde fuera.

Solamente la lectura occidental de los procesos políticos puedo llevar a pensar que el común denominador de las revueltas en el mundo árabe era que tenían por objeto la nueva configuración del poder político, en torno a los principios de la democracia liberal.  Se olvidaba, lamentablemente, que en los países en los que floreció la revuelta no existían tradiciones de esa índole. De manera que, en realidad, no era sencillo identificar el rumbo que podría tomar cada uno, según el desarrollo de los acontecimientos.

En el caso de Egipto, y en medio de la euforia de la caída y juicio de Mubarak, mas el triunfo de Morsi, parece haberse olvidado el papel definitivo que juegan los militares detrás del escenario. De manera que, mientras fuera del país se atendía lo que fuese haciendo o diciendo el nuevo presidente, en los hogares egipcios de prestaba todavía más atención a lo que, en definitiva, dijeran los comandantes de las fuerzas armadas. Y esto último es lo que viene a demostrar, a juzgar por los sucesos recientes, que en realidad con la Primavera no se produjeron cambios sustanciales.

El hecho es que Morsi estuvo en el poder, o al menos en la Presidencia, hasta que los militares decidieron que era tiempo de sacarlo. De manera que ahora se ha retornado al problema de siempre, que es la controversia insoluta entre la racionalidad de los militares y la racionalidad de los religiosos, los unos con las armas en la mano y los otros con el corazón de millones de seres sencillos dispuestos al sacrificio bajo la convicción de que la salvación de su alma puede pasar fácilmente por el martirio.

De manera típica, el juego democrático que las fuerzas militares egipcias permitieron por un rato encontró su límite cuando se acentuaron los problemas derivados de la falta de experiencia del nuevo gobierno, y sobre todo su incapacidad para el manejo de la economía. Los hermanos musulmanes no tuvieron la flexibilidad para establecer un balance entre sus postulados y las necesidades propias del manejo de un entorno económico que requiere de habilidades que provienen de consideraciones pragmáticas y de reglas difíciles de transgredir so pena de pagarlo muy caro. Como el país no funcionaba conforme a un nuevo esquema, y como no se demostraba capacidad para que siguiera funcionando al menos como antes, los altos mandos consideraron que había llegado la hora de dar por terminado el experimento.  

La ausencia de un liderazgo civil alternativo, consecuencia una vez más de la rigidez del período de Mubarak, se convierte otra vez en el problema que deben resolver los militares. Las generaciones de relevo están integradas esencialmente por los que habrían tomado el turno dentro del proceso mismo de Sadat y Mubarak. Muchos de los que salieron a protestar hace dos años no han encontrado camino. Otros han optado por el confort del menor esfuerzo, y muchos esperan solamente que las cosas vuelvan al cauce de siempre, con unos militares fuertes a cargo de la disciplina y unos tecnócratas al mando de la economía. Por eso tal vez el discurso y las imágenes en el marco de los televisores egipcios van mostrando la bandera y la figura de Abdul Fattah al-Sisi, el Jefe de las Fuerzas Armadas, como si estuvieran preparando su ascenso a la cúspide de la pirámide. 

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