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Carlos Granés 27 Jun 2013 - 11:00 pm

Dalí, artista entre dos mundos

Carlos Granés

Las eternas filas que se hacían a las puertas del museo me habían impedido entrar, pero por fin, acercándome un lunes a la hora del almuerzo, conseguí una boleta para ver Dalí: todas las sugestiones poéticas y todas las posibilidades plásticas, la exhibición que más espectadores ha llevado al Reina Sofía de Madrid en la última década.

Por: Carlos Granés
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 Dos horas más tarde, después de ver las cerca de 200 obras expuestas, salí convencido: Dalí fue un genio.

Fue un genio como pintor, y la prueba son esos lienzos diáfanos de los que emergen imágenes tan perfectas como ambiguas. Sólo alguien dotado con tal pericia y maestría hubiera podido pintar composiciones tan minuciosas, en las que todo está muy bien delineado pero nada es lo que parece ser. Dalí llamó a esta técnica el método paranoico-crítico, una manera de asociar de forma delirante imágenes que se superponen y mezclan, como en los sueños o la locura, hasta reblandecer la realidad objetiva y convertir el mundo en un terreno inestable, susceptible de ser reinterpretado bajo la luz de la imaginación o el cambio de perspectiva.

Si como pintor fue un genio, como promotor de sí mismo no se quedó atrás. Dalí supo crear un personaje público que hechizó a los espectadores. Desde su aspecto físico (de joven anhelaba que le creciera barba para convertir su cabeza en una obra de arte) hasta sus vestidos, gestos y provocaciones fueron cuidados al detalle. A partir de 1940, cuando dejó una Europa en guerra para refugiarse en Estados Unidos, se convirtió en una celebridad. Dalí fue el primer artista que le mostró a la élite social y económica lo divertido y seductor que podía ser el mundo de la bohemia y la sedición artística. En lugar de escandalizar a la burguesía, su excentricidad, sus desplantes y desafíos la encandilaron. André Breton, padre del surrealismo, nunca se lo perdonó. Dalí se había convertido en una bisagra entre dos mundos. Pasó de ser uno de los protagonistas indiscutibles de la vanguardia que en los años treinta se había propuesto acabar con el estilo de vida burgués y el capitalismo, a moverse como pez en el agua entre la élite económica y social de Nueva York. Diseñó joyas para multimillonarios, trabajó para Walt Disney y Vogue, y con su desenvoltura logró que la excentricidad, la egolatría, el humor irreverente y la creatividad desmadrada salieran de la marginalidad y se convirtieran en un reclamo de las masas.

De la pintura Dalí dio el salto al happening y luego a la publicidad, demostrando que el promotor de sí mismo también podía promocionar eficazmente chocolates (“Me vuelve loco el chocolate Lanvin”) o Alka-Seltzer (“Una obra de arte inimitable, como Dalí”). Una vez abierto el pasadizo que comunicaba el mundo rebelde de la vanguardia con los medios masivos y el mercado, muchos otros artistas, empezando por Warhol, siguieron sus pasos. Pero ninguno tuvo su talento ni su habilidad escénica. Dalí fue uno de los protagonistas de esa revolución invisible del siglo XX: la que alteró los gustos y valores para reblandecer la sobriedad y las convenciones y moldear el tipo de sociedad hedonista, creativa y juvenil que hoy predomina en Occidente.

 

 

*Carlos Granés

  • Carlos Granés | Elespectador.com

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