Por: Carolina Botero Cabrera

Datos, rastros y perfiles

Analizando datos producidos con celulares, computadores y cámaras se crean perfiles que predicen comportamientos.

Por ejemplo, en donde vivo al menos cuatro cámaras (pasillo, ascensor, parqueadero y calle) registran a diario mis salidas, mi pinta y mi ánimo. Hace unos días, cuando me dirigía a un taller de datos abiertos del Gobierno en un hotel de la ciudad, por quince cuadras reconocí cámaras en la calle que rastrearon mis pasos. Al llegar al hotel, otras cámaras grabaron mi entrada. En la hoja de registro dejé no solo mi nombre, afiliación y correo, sino también mi número de cédula, dirección, teléfono fijo y celular y, claro, mi firma.

Al salir, otras cámaras de la ciudad registraron el taxi que me llevó a otro edificio. En la recepción informé a dónde iba y entregué TODA la información de mi cédula (escanearon el código de barras), mi huella y una foto. Además, me dieron una tarjeta para abrir accesos y de paso conocer mi recorrido por ese edificio.

En el bolsillo llevo mi celular, que cada pocos segundos se conecta y envía a las torres cercanas su IMEI. Aunque no graba mis llamadas, la empresa que me da el servicio sabe, mínimo, destino y duración de mis llamadas y mensajes. Después fui a trabajar a mi oficina y navegué en internet mientras mi computador guardaba, por lo menos, mi historial de navegación: sitios visitados, los clics que hice y el tiempo que estuve allí.

Todos esos datos les dan a muchos mi información. Entiendo que los perfiles que crean hacen que mi acceso se ajuste a lo que deseo o necesito, que eso me ofrece seguridad y protección, porque permite identificar y prevenir conductas amenazantes y potencialmente violentas. Sin embargo, también normaliza un seguimiento constante que de tan generalizado minimiza el impacto negativo. Los efectos positivos –que no están medidos del todo– invisibilizan los riesgos de usos indebidos que pueden resultar en discriminación, injustificada incriminación criminal, intimidación y violación a la vida privada y a la libertad de expresión.

Encima pienso en el nuevo Código de Policía, me siento condenada a este monitoreo y me pregunto qué controles necesitamos y cómo piensan las políticas públicas el para qué, cómo, por qué, dónde y quién recoge tanto dato.

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