Por: Aura Lucía Mera

De alguna manera me siento huérfana

Es una sensación extraña. Hace muchos años dejé de practicar la religión católica. Cuando asisto lo hago porque toca. Tuve una educación regida por las más estrictas normas católicas. Casi 15 años. Cali, Roma, Londres.

 Comunión diaria y confesión ídem. Sudor en las manos y taquicardia cada día, convencida de haber pecado. Esa educación cuadraba perfectamente con la vida en familia. Tres hermanas, ningún hermano, un padre normativo y fiel cumplidor de todos los mandamientos que afortunadamente contrastaba con la mamá que montaba a caballo. Naturalmente el conflicto de saber que la mujer que más amaba estaba también condenada, me quitaba un poco el terror de esas calderas hirvientes. Pero también me obligaba a mí misma a regalarle todos los años, en los días de la madre, un rosario para que algún día recibiera la luz divina.

En fin, conflictos. Terrores de castigos eternos. Culpabilidad al sentir deseos “carnales”. Convencimiento absoluto de que “los hombres eran malos”, pero al tiempo “había que obedecerles en todo desde el momento del matrimonio. Conflicto que se incrustó años en mi alma, hasta que después fui descubriendo que el 99% de todas esas enseñanzas y normas eran una gran mentira.

Tuvo que correr “mucha agua debajo del puente”, transgredir todas las normas, escoger una vida contraria de la que me habían inculcado y, por ende, mucha rabia, mucho dolor y mucha desorientación, para después de recorrer un camino confuso, y muchos años de terapia, encontrar la verdadera espiritualidad, que nada tiene que ver con religiones, y descubrir poco a poco un poder superior, Dios o como quiera llamársele, que no tenía nada que ver con ese juez castigador. No culpo ni juzgo esa educación. Era así y punto. En fin. Hice las “paces” con el pasado, me aparté de la religión formal y seguí creyendo en lo que creo.

Sin embargo, y a esto va mi columna de hoy, he sentido una orfandad tremenda con la renuncia del papa. Removió una cantidad de enseñanzas pasadas que se incrustaron en el inconsciente. Confieso que me ha dolido, y no sé por qué, todavía. Eso de que se vaya al suelo todo lo relativo a “ser el representante de Dios en la Tierra”, la infalibilidad cuando habla, el poder de perdón o condena de casi todo lo relacionado con la mujer. Todo desaparecido de un golpetazo. Ya no es representante de nada.

Su figura, vestida de blanco, encorvada, de espaldas, iniciando un camino hacia su destino final, me conmovió. Todavía me cuesta trabajo aceptar que este hombre prefirió retirarse y no seguir representando la farsa católica, y hastiado de mentiras, intrigas, corrupción y doble moral optó por el silencio monacal. Admiro su entereza. Una lección de honestidad con él mismo. Su anillo de oro lo fundieron. Su silla la reemplazaron. Sus vestimentas al fuego. Sus zapatos rojos a la basura. Ya no es nadie. No existe para la Iglesia. Ojalá no lo envenenen como a Juan Pablo I, porque, la verdad, es que sabe muchas cosas que nadie quiere que se sepan. Y yo, pues sí, me siento huérfana y qué.

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