Por: Nicolás Rodriguez

De Chile a Colombia

En tiempos de conmemoración chilena del golpe contra el presidente Allende, varios son los contrastes con Colombia.

Contario a lo que se dice y más allá de una serie de referencias genéricas al concepto de  memoria y su importancia, son más las (frustrantes) diferencias que las similitudes.

Si les seguimos la estela a las víctimas de la dictadura chilena, por ejemplo, queda un poco más claro porqué es que nuestros ejercicios de memoria siguen siendo tan inacabados. Caricaturizando, puede decirse que el grueso de las víctimas chilenas por las que los medios de comunicación internacionales llaman a la solidaridad y el recuerdo eran jóvenes politizados, soñadores y educados. Si se quiere, víctimas en el sentido más incontaminado del término. 

Otra cosa ocurre en Colombia, en donde el grueso de lo que conocemos por “víctimas” difícilmente puede ser equiparado con esa suerte de víctima ideal por la que Chile recuerda con algo de impotencia su pasado. Acá, con todo y lo progresista y esperanzador que resulta la política oficial de los derechos de las víctimas, sigue sin tratarse de personas que con facilidad puedan convocar o despertar empatía. La indignación de las redes es un gesto de las sofisticadas masas urbanas que les es ajeno.  

En últimas, la consigna uribista del “en algo andarían” (“no propiamente estaban recogiendo café”, para ser exactos) en referencia a esas mismas víctimas es una frase de menor importancia. Apenas una anécdota que pese al ruido que hizo y lo mucho que ha sido retomada (puede estar entre los cinco descaches ofensivos más citados del ex Presidente) no ha llevado a una pregunta concreta sobre qué fue lo que permitió que Uribe se diera el lujo de botar fuego de esa manera.

Sabemos que contaba con una enorme popularidad; que los derechos humanos nunca fueron su fuerte; que dijo cosas peores; que tomaba goticas para calmarse, que pachito Santos era hombre de su total confianza. Con todo, ¿qué es lo que posibilita que sobre unos hombres jóvenes que el propio Estado desaparece en contubernio con las fuerzas más grises recaigan acusaciones tan pusilánimes? 

Pues bien, algún pedazo de la respuesta está en lo mucho que se ensaña la guerra con las clases menos favorecidas y más marginadas. De nuevo, entonces, las víctimas de nuestra “guerra sin nombre” que no son necesariamente como las víctimas de la dictadura chilena que dieron origen a uno de los movimientos de defensa de los derechos humanos más creativos y respetados (mientras en Colombia los falsos positivos recuerdan el concepto mismo de “desechable” y remiten a una limpieza social en la que poco se insiste). 

La comparación con Chile termina por iluminar lo mucho que nos falta por recorrer. Tan abismal es la diferencia (y no hemos ni abordado cómo en Colombia el monopolio de la violación de los derechos humanos no lo tiene el Estado) que difícilmente podemos ponernos de acuerdo en una fecha que sirva de excusa para salir a las calles a poner problema.  

Es más, ni si quiera está claro si este es definitivamente un país sin memoria, como nos lo repiten casi que a diario algunos políticos y uno que otro columnista. O si en lo que estamos es en mora de una memoria que no se agote en pedidos de verdad y justicia. Una memoria que le haga demandas de inclusión social a la democracia y que como parte de todo proyecto político garantice el paso, aun si lejano, de la víctima al ciudadano. 

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