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Mauricio Botero Caicedo 26 Ene 2013 - 11:59 pm

De la 'commenda' a la 'serrata'

Mauricio Botero Caicedo

Venecia, en el alba del siglo XIV, era una de las ciudades más importantes de Europa.

Por: Mauricio Botero Caicedo
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Tres veces el tamaño de Londres y tan grande como París, la ciudad que vino a llamarse la Serenissima se había convertido en un poder imperial. El Mediterráneo era, en términos prácticos, la piscina de la rica e invencible Venecia.

Los investigadores Daron Acemoglu y James Robinson, en su excelente ensayo “Por qué fracasan los países” (Planeta, 2012), señalan que la innovación que más contribuyó a la riqueza de Venecia fue la commenda, una especie de SAS o Sociedad por Acciones Simplificada, con la diferencia que la empresa involucraba dos socios: uno sedentario que ponía la plata y se quedaba con el 75% de las utilidades; y el que acompañaba la mercancía, que generalmente no ponía capital, pero recibía el 25% de la utilidad. Este arreglo creó una importante dinámica de movilidad social y económica ya que el socio aventurero no tenía que meterse la mano al dril. Estos aventureros, además de enriquecerse, al transformarse en socios sedentarios lograban adquirir un importante peso político.

El éxito de los aventureros, lamentablemente, traía la semilla de su propia destrucción. Las élites, al darse cuenta de que cada vez su tajada del ponqué era más pequeña, en 1297 iniciaron lo que en su día se denomino la serrata (el cierre). El ‘Gran Consejo’ de la Serenissima en 1315 impuso el llamado Libro d’Oro, y sólo aquellos inscritos en dicho libro (los nobles) podían emprender misiones comerciales. Como lo señalan Acemoglu y Robinson: “Venecia iba en camino de convertirse en la primera sociedad inclusiva del mundo, pero cayó por un golpe. Las instituciones políticas y económicas se hicieron más extractivas y la ciudad empezó a experimentar el declive económico. En el año 1500, la población se había reducido a cien mil habitantes. Entre los años 1650 y 1800, mientras Europa crecía rápidamente, Venecia se empequeñecía”.

En Colombia las más altas esferas de la justicia y la política son un ejemplo palpable de cómo unos pocos pretenden acaparar tanto el poder, como el grueso de los recursos pensionales. Por una parte, algunos magistrados en vez de permitir que surjan nuevos nombres, se rotan entre sí en las diferentes Cortes. (La Corte Suprema hace pocos meses colocó a Francisco Ricaurte y Pedro Munar, dos de sus exmagistrados, en el Consejo Superior de la Judicatura).

El despojo de buena parte los recursos pensionales por unos pocos es alarmante, el vivo ejemplo de los pobres subsidiando a los ricos: mientras que 1200 personas, principalmente exmagistrados y excongresistas reciben pensiones entre 25 y 40 salarios mínimos, sólo un tercio de las personas en edad de retiro tiene pensión, y dentro de ese tercio el 80% recibe menos de cuatro salarios mínimos. El 30% del presupuesto de la Nación (24,9 billones de pesos) se destina a atender a solo un cuatro por ciento de la población. Los más altos dignatarios del Estado, los magistrados y los congresistas, a través de los regímenes especiales de pensiones, han arrasado con los recursos del erario, afirmando con alevosía que sus pensiones son “intocables”.

Y lo que produce enorme fastidio es ver a algunas excongresistas pontificando sobre las enormes desigualdades en Colombia cuando jamás, que este columnista sepa, han tenido el gesto de compartir sus multimillonarias pensiones con uno de los 3.600.000 colombianos en edad de retiro que ni siquiera gozan de una mínima pensión. Como lo señala reciente editorial de Portafolio (enero 22/13): “…el régimen vigente es uno de los factores individuales que más contribuyen al elevado índice de desigualdad (dos puntos del coeficiente Gini) en Colombia…”.

En Colombia, sin haber del todo tenido instituciones inclusivas, cada día las tenemos más exclusivas y extractivas. ¡De la serrata criolla, líbranos señor!

 

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