Por: Piedad Bonnett

De la moral, las buenas costumbres y la censura

La arremetida de la derecha colombiana ha revivido lo que creíamos imposible: un regreso a la prédica sobre la moral y las buenas costumbres que revela que debajo del país laico y moderno que se supone que somos, duerme el espíritu ultra conservador de un país feudal, que asienta su visión de mundo en las creencias religiosas más anacrónicas; no las de la Iglesia renovada, sino la de la dogmática e intransigente, y también la de las iglesias cristianas que leen la Biblia al pie de la letra y no como un libro histórico cargado de simbolismos y parábolas.

Ese pensamiento conservador ha estado siempre ahí —recordemos el intento del grupo Voto Católico de censurar la obra Mujer en custodia, de Ma. Eugenia Trujillo— pero ahora se dio el destape, alentado por las posturas recalcitrantes de gente como el exprocurador Ordóñez o Vivian Morales. Por ejemplo: el gobernador de Bolívar, Dumek Turbay, y el alcalde de Cartagena, Manolo Duque, decidieron prohibir el Congreso de Pornografía que se quiere realizar en junio en esa ciudad. Puede que a muchos no nos interese el porno —esa dimensión del sexo en la que, según Baudrillard, el “efecto del zoom anatómico”, por exceso de realidad, anula todo efecto de seducción y más bien se acerca a lo grotesco— pero eso no quiere decir que se deba prohibir por decreto, como en los países de religiones fundamentalistas. El porno existe y existirá siempre, y basta con que se regule la entrada a la feria de personas adultas. Razón tienen los que opinan que los mandatarios deberían más bien estar trabajando en combatir el mercado sexual en playas y plazas, una realidad que cualquier turista puede ver con sus propios ojos. O, mejor aún, creando oportunidades de trabajo en la paupérrima Cartagena, para que las jovencitas no se vean tentadas por el oficio de la prostitución.

En dirección parecida va la propuesta del alcalde de Medellín de demoler el edificio Mónaco, donde vivió Pablo Escobar. Aunque es buena la idea de hacer en ese mismo espacio un parque en memoria de las víctimas del narcotráfico, la intención de borrar toda huella de esa época nefasta y así impedir el llamado “narcoturismo”, tiene tanto de moralismo como de censura: se quiere borrar la realidad. Nos recuerda la estrategia de ciertos regímenes autoritarios de desaparecer de las fotografías a los indeseables. Kundera, en La insoportable levedad del ser, refiriéndose a que en vez de “mierda” se ponían puntos suspensivos, sostiene que hay un ideal estético de embellecimiento que es kitsch. “Es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese (…) el kitsch elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”.

Detrás de estas propuestas hay un afán autoritario que intenta negar la realidad. Algo en lo que se puede caer incluso cuando hay las mejores intenciones, como en el caso de Idartes, que vetó a un cantante chavista por temor a amenazas de saboteo del concierto. Qué pena, pero es que la señal que se envía es errónea. Todo el arte, por definición, es político. Y aunque el régimen chavista nos parezca un asco –y a mí me lo parece— a nadie se lo puede callar por su ideología sin vulnerar la democracia.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Piedad Bonnett