Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

De los papas, ¡líbranos, Señor!

Los obispos de Roma son agitadores profesionales. Al menos los tres que han venido a nuestra nación en el último medio siglo: Giovanni Montini, Karol Wojtyla y Jorge Mario Bergoglio.

Montini, más conocido como Paulo VI, vino en agosto de 1968 a un congreso eucarístico en Bogotá. Una época turbulenta en Colombia. Como hoy. Los periódicos advertían en primera página que su visita tenía carácter religioso, no político. ¿Suena trillado? Un aviso de buena voluntad. Porque, hablando en plata blanca, la religión (siempre) ha sido política y la política (a veces) no deja de ser mera religión. El viaje fue toda una novedad en aquel mundo aún paquidérmico, sin astronautas en la Luna y con bombas de napalm en Vietnam. Habría sido noticia mundial si dos días antes no se le hubiera ocurrido a la Unión Soviética invadir a Checoslovaquia para aplastar a sangre y fuego la autodenominada Primavera de Praga, un intento de liberalización del régimen comunista checo. Ni la prensa colombiana pudo evitar la referencia a la invasión y Montini se fue como había llegado, entre multitudes frenéticas y en olor de santidad.

Wojtyla, el primer papa no italiano en siglos de herméticas vendettas vaticanas, se hizo llamar Juan Pablo II y se dedicó a viajar por el mundo, agitando masas, incitándolas a la castidad y aupándolas a la excomunión del marxismo en todas sus vertientes, desde la policíaca tiranía moscovita hasta el hipertrofiado despotismo chino. Dicen que era revolucionario (demócrata liberal) de la cintura para arriba y reaccionario (feudal o fascista) de la cintura para abajo. En julio de 1986 vino a Colombia, aún más alborotada que cuando Montini. Estuvo en Bogotá, Chiquinquirá, Cali, Popayán, Tumaco, Medellín, Bucaramanga, Armero, Cartagena y Barranquilla. Carismático y atlético, congregó a multitudes frenéticas y en olor de santidad.

Y ahora está con nosotros Bergoglio, llamado Francisco, por esa costumbre siciliana de usar alias para tapar los nombres de los capos. Bogotá, Villavicencio, Medellín y Cartagena: entre las multitudes frenéticas y en olor de santidad de un país religioso (en la práctica) con un Estado laico (en la teoría). Entiendo que no ha hecho sino hablar de paz y reconciliación. Ojalá le hagan caso. Al contrario del que no le hicieron a Paulo VI y Juan Pablo II, cuyos clamores de perdón y olvido apenas dejaron rastro en Wikipedia.

Ninguno de estos sumos pontífices me mueve la ficha. Mea culpa. A mí el único papa que me gusta de verdad es The Young Pope, o sea, Lenny Belardo, es decir, Pío XIII, en la serie de televisión del indescriptible Paolo Sorrentino. Lenny o Pío XIII es un gringo cuarentón ultramegarrequeteconservador: habla con Dios, es célibe y, lo peor, cree a pies juntillas en las disparatadas y tiernas parábolas del carpinterito de Nazaret. O sea, hace todo lo contrario de lo que reverencian y defienden en el Vaticano. No creo que a Francisco Bergoglio le dejen ver The Young Pope: no es en Netflix y la suscripción a HBO debe de ser un complique en un Estado teocrático.

Rabito: “Nadie instaura una dictadura para salvaguardar una revolución, sino que la revolución se hace para instaurar una dictadura. El objetivo de las persecuciones son las persecuciones. El de la tortura, la tortura. Y el del poder, el poder”. 1984. George Orwell.

@EstebanCarlosM

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