Por: Laura Juliana Muñoz
Entre Líneas

De los placeres de la ceguera

Quedar ciego de sangre, “una sangre intensamente negra” y bella que se asemeja al rencor. Se odia a la madre y a la madre que es la patria, mamá, “¿me quieres decir cuándo fui yo una niña?”. La ceguera del que no comprende y del que guarda un secreto, “cosas que ni siquiera me cuento a mí misma”. Ser ciego y a la vez perder la mirada del otro, volverse invisible, olvidar puesto que “los ojos eran depósitos de memoria”. De esta pérdida nos habla la novela Sangre en el ojo (editorial Eterna Cadencia), de Lina Meruane.

La escritora chilena no sólo quiere contar la historia de una mujer que va perdiendo la vista luego de que por una condición médica los ojos se le llenan de sangre. Su reto es crear la filosofía de la ceguera, el erotismo de los ojos, la materialización de la oscuridad en cada escenario y sus personajes. No es Lucina o Lina Meruane, como también se llama la protagonista, una ciega que inspira lástima, ni que se autocompadezca. Ella crea el mundo mientras lo enuncia.

Empecé a leer este libro para entender mejor una de las lecciones más insistentes de la autora en sus talleres de ficción de la Universidad de Nueva York: que al personaje no le falte mirada. ¿Y qué se hace cuando ese personaje es ciego? Entonces el mirar se traduce en el sonido y su poética, como “un clamor de pájaros electrocutados en los cables de la luz”; en el recuerdo y ese volver al mundo que ya hemos visto a través de una imagen que nuestra mente elige y no sabemos por qué (“los ojos se me iban vaciando de todas las cosas vistas. Y pensé que se quedarían las palabras y sus ritmos pero no los paisajes”). La mirada es el tacto y la forma en que éste redefine las relaciones con el otro. Así, del padre importa su “huesuda mano de torniquete”, porque es esa mano la que habla y guía.

En la oscuridad de una casa a la que recién se mudan, Lucina y su amante, Ignacio, comparten temporalmente la ceguera. Hablan de cosas banales enroscados en la cama, intimidad que inventan. Se juntan sin querer tener hijos, sino “ojos recién nacidos”. Penetran sus párpados (“pasé la punta de mi lengua por ese borde desnudo que sentía como mi propia desnudez”) para excitar al ojo, organismo vivo, independiente, que puede salirse de las cuencas y pasarse al ombligo o a “los pezones que eran los ojos abiertos de mi pecho”.

En Sangre en el ojo existe la esperanza de volver a ver. Tal vez no sea una cirugía lo que la protagonista tanto espera, sino una prueba de amor como pocas: compartir los ojos para volverse “espejos el uno del otro para el resto de la vida y hasta de la muerte”.

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