Por: Gonzalo Silva Rivas

De marca mayor

En este mundo globalizado y competitivo, tanto países como ciudades recurren a la proyección de su imagen y a la promoción de sus atributos y bondades como estrategia de marketing.

Promover elementos diferenciadores es la única alternativa para penetrar y conquistar los exigentes mercados que giran alrededor de actividades como el turismo, las compras o las inversiones.

Las marcas son hoy en día su principal carta de presentación para hacerse visibles ante el mundo. Algunas han resultado tan exitosas, como el afamado “I Love New York” del publicista Milton Glaser, pero la mayoría se hunde en el fracaso por su falta de contundencia, claridad, novedad o permanencia, o por el evidente divorcio entre los mensajes que transmiten con las propias realidades del lugar o con la calidad de los productos y servicios que se ofertan.

El año pasado, nuestro país estrenó su nueva imagen denominada “Co Colombia” y solo el tiempo nos dirá hasta dónde llega el alcance de sus logros. Ahora, la capital de la República acaba de lanzar la suya, soportada en el nombre de Bogotá, donde el acento sobre la Á representa un símbolo que adquiere diferentes figuras según el segmento turístico o económico que represente: cultura, negocios, gastronomía, golf…

De la mano de la Cámara de Comercio, el Instituto Distrital de Turismo, Invest in, el Bureau y Corferias, la nueva marca bogotana tendrá que exhibirse ante los ojos del mundo para revalorizar el patrimonio de una compleja ciudad, merecedora de múltiples reconocimientos internacionales pero que enfrenta el gran desafío de mostrarse más y venderse mejor.

El turismo debería ser la piedra angular de este nuevo proceso de marketing. Cierto es que los inversionistas suelen mirar primero con ojos de turistas los lugares en los que confían el depósito de sus dineros. Una ciudad adecuadamente preparada y dispuesta para el visitante, fortalece su imagen y se transforma en imán para la inversión.

El reto del país en general consiste en priorizar el alistamiento de su producto turístico para hacerlo viable y competitivo; en mejorar su infraestructura; en cambiar de actitud; en crear conciencia sobre los beneficios de apostarle a la industria; en comprometer esfuerzos públicos y privados para consolidar un sector sostenible e inclusivo, y en reflejar desarrollo y progreso. 

Una marca por atractiva y perdurable que sea deberá sustentarse en la realidad del producto, en la calidad de los activos y en el orgullo de sus gentes. De lo contrario, como lo dice el refrán, será vestirse de seda. Si país y ciudad se lo proponen podrían sorprender a la industria turística con un producto, literalmente, de marca mayor. 

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