Por: Klaus Ziegler

De Sepúlveda a Savater

Hace más de cinco siglos, Juan Ginés de Sepúlveda defendió las atrocidades de los conquistadores españoles en el Nuevo Mundo poniendo en tela de juicio la condición humana de sus habitantes.

Ahora Fernando Savater intenta defender las corridas de toros con argumentos que llenarían de orgullo a su predecesor. La premisa es casi idéntica: los animales, como los “aborígenes salvajes”, no poseen ningún estatus moral. Dice Savater: “Quien se complace en el sufrimiento de los animales no viola una obligación moral con ellos, que no existe, sino que renuncia a su propio perfeccionamiento moral y se predispone a ejercer malevolencia contra sus semejantes, con quien sí que tiene deberes éticos”.

¿Pretende acaso convencernos de que existe un axioma de la filosofía moral del cual se infiere que solo los humanos pueden ser objeto de consideraciones éticas? Invocando una norma igualmente caprichosa podríamos suponer que solo quien posee alma es susceptible de compasión, como pretendía Sepúlveda. Savater se limita a invocar un principio conveniente a su causa como si se tratara de una verdad incuestionable. Su argumento no demuestra nada, excepto, tal vez, que al apoyar la crueldad contra los toros el autor ha renunciado a su propia “perfección moral”.

En una de sus más célebres apologías de la barbarie taurina, “Tauroética”, Savater recurre al mismo artificio para negarle derechos a otros seres vivos, cuando afirma: "El titular de un derecho debe de (sic) ser consciente de ello, algo imposible en los animales”. El autor tendrá que explicarnos si los niños pequeños o las personas con graves discapacidades cognitivas también carecen de derechos, pues igualmente ignoran que los tienen. Y semejante majadería se presenta bajo la apariencia de un argumento docto.

Savater razona como lo haría un escolástico medieval embebido en la tradición judeocristiana, en la cual los animales son considerados meros instrumentos para la satisfacción de las necesidades humanas. Pero no todas las sociedades han caído en la trampa del antropocentrismo. En el budismo y el jainismo, para dar un ejemplo, la compasión hacia todo ser vivo es el principio fundamental de la ética. Hay que ser un bárbaro (la expresión es suya) para pensar que los animales no pueden ser objeto de compasión, cuando de hecho la mayoría de las legislaciones del mundo reconocen sus derechos. De ahí que prohíban las corridas. En el Reino Unido, por ejemplo, se castiga con cárcel toda forma de tortura a vertebrados y cefalópodos (pulpos, calamares y sepias). Incluso en su querido país taurino, la legislación sanciona a quienes “maltrataren con ensañamiento e injustificadamente a animales domésticos causándoles la muerte o provocándoles lesiones que produzcan grave menoscabo físico…”.

No tenemos restricciones éticas hacia una piedra o hacia una bacteria. No hay nada inmoral en arrancar la maleza del jardín, pero desmembrar vivo a un perro es un acto atroz. Somos capaces de aplastar un mosquito, aunque incapaces de despanzurrar un gatito de una patada. El estatus que le conferimos a otros seres vivos dependerá de la complejidad de sus sistemas nerviosos, pues sabemos de manera intuitiva que ello corresponde a la capacidad para sentir dolor o sufrimiento.

Si un filósofo contemporáneo pretende decir algo inteligente sobre el estatus moral de otras criaturas no puede ignorar los estudios de etólogos y neurólogos sobre la manera como los animales perciben el dolor o experimentan las emociones. Hay muy buenas razones para pensar que sistemas nerviosos parecidos conduzcan a experiencias subjetivas similares. Aparte de diferencias en la corteza cerebral, compartimos con los demás mamíferos sistemas límbicos casi idénticos, de ahí que reaccionemos ante el dolor en forma semejante. En palabras del eminente neurólogo Walter Russell Brain: ''Personalmente no puedo ver la razón para concederle emociones a mis congéneres y negársela a los animales...”.

Pero a Savater la opinión de los científicos lo tiene sin cuidado. Su talante no solo es arrogante, sino también deshonesto. En una entrevista reciente con Alfredo Molano, cuando le preguntaron si las corridas son una forma de tortura, respondió: “Los taurinos no disfrutan con la tortura, si así lo hicieran iríamos a un matadero a deleitarnos”. La respuesta es un sofisma de distracción, pues se está preguntando si durante la corrida se martiriza al animal, y no si los espectadores se complacen en la crueldad. Al menos otros taurófilos, como Vargas Llosa, reconocen que “nadie que no sea un obtuso o un fanático puede negar que la fiesta de los toros, un espectáculo que alcanza a veces momentos de una indescriptible belleza e intensidad, y que tiene tras él una robusta tradición que se refleja en todas las manifestaciones de la cultura hispánica, está impregnado de violencia y de crueldad”.

Además de sofista, Savater se muestra incapaz de razonar con buena lógica: a las críticas de los antitaurinos responde objetando que además de las corridas existen muchas otras formas de crueldad contra los animales, y ofrece una larga lista de ejemplos. Uno esperaría que un filósofo de profesión estuviese advertido de una falacia tan evidente, que hasta nombre propio tiene: “tu quoque”. Quien razone con un mínimo de rigor entiende que aunque el mundo esté plagado de salvajadas, ello no es justificación para otra crueldad más.

Los neurólogos han destacado el papel de las neuronas espejo en los mecanismos involucrados en la empatía, que se activan en nuestro cerebro cuando vemos a otro ser sufriendo y nos ponemos en su lugar. Esta capacidad, sin embargo, puede embotase, como le ocurre al taurófilo, capaz de presenciar el horrendo espectáculo de un toro que se ahoga en su propia sangre, mientras acaricia su mascota. Son esos mecanismos de empatía los que despertaron la indignación de miles de personas cuando un futbolista pateó salvajemente una lechuza que cayó por accidente sobre el terreno de juego. Y en España, más de medio millón de personas exigieron penas ejemplares, después de que un degenerado mutiló con una sierra eléctrica a varios perros y los dejó desangrar hasta la muerte.

Savater no parece percatarse de que el mundo ha cambiado. Las juventudes no están dispuestas a tolerar la barbarie a la cual se acostumbraron aquellos de su generación. Por fortuna, las corridas están en vía de desaparecer. En Chile se vetaron en 1823, bajo el mismo decreto que abolió la esclavitud. En Argentina están prohibidas desde 1899, y en Uruguay desde 1912. En 2010, Nicaragua aprobó una ley que no prohíbe la corrida, pero sí infligirle daño al toro. Y en mayo de 2011, los ecuatorianos decidieron acabarlas a través de un referendo. Es cuestión de tiempo para que el círculo de la compasión siga extendiéndose hasta que llegue a su lógica conclusión, es decir, hasta que abarque a todas las criaturas capaces de sufrir, como expresó alguna vez Darwin.

Prácticas atroces como la esclavitud perduraron hasta épocas recientes, y no fueron pocos los filósofos que en su momento las favorecieron (Aristóteles y Tomás de Aquino, entre otros). Podemos estar seguros de que en pocos años, Savater y otros apologistas del sanguinario espectáculo de los toros serán vistos con la misma indignación que hoy despertaría un esclavista, y con la misma repugnancia que produce el discurso de un racista o de un homófobo.

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