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Mauricio Rubio 10 Jul 2013 - 11:00 pm

De tal palo, tal astilla

Mauricio Rubio

Jeffrey Landrigan no conoció a su padre. Nacido en 1962, con apenas ocho meses fue abandonado. Tuvo suerte pues una buena familia norteamericana se encargó de él.

Por: Mauricio Rubio
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Bien educados y trabajadores, sus padres adoptivos lo cuidaron con la misma dedicación con la que criaban a su hija biológica. Desde pequeño Jeffrey mostró una terrible personalidad. Con sólo diez años empezó a ingerir alcohol y a los once cometió su primer delito. Abandonó la escuela, se aficionó a la droga, robó carros y pasó largos períodos en centros de detención. Cultivó desde joven una carrera criminal.

Luego de unos tragos con un amigo de infancia que le propuso ser padrino del hijo que iba a tener Jeffrey lo mató a golpes. En 1982 la justicia le impuso veinte años de prisión por asesinato. A finales de los ochenta se fugó de la cárcel y emigró hacia Arizona. Allí hubiera podido iniciar una nueva vida, pero en un restaurante conoció a una mujer que luego fue hallada estrangulada con un cable eléctrico. Las huellas en el lugar del crimen permitieron detenerlo. Fue juzgado de nuevo y esta vez condenado a la pena capital.

Mientras esperaba turno para la ejecución, un compañero de detención le contó que en la cárcel de Arkansas había conocido a Darrel Hill, otro sentenciado a muerte que era casi idéntico a él. Resultó ser el padre biológico que Jeffrey nunca había visto. El parecido no era sólo físico. Como su hijo, Darrel había emprendido desde joven aventuras delictivas y cometido asesinatos. También se había fugado de la cárcel. Su padre, el abuelo de Jeffrey, había sido otro criminal que murió abatido por la policía luego de atracar una droguería. A Landrigan no le sirvió el argumento de las raíces biológicas violentas para alterar su condena.

Darrel describió someramente la situación familiar: “no hace falta ser muy perspicaz para observar que entre tres generaciones de delincuentes hay algún tipo de vínculo, un patrón”. Agregó sobre su hijo: “creo que cuando fue concebido, él se volvió como yo … La última vez que lo ví era un bebé y estaba en la cuna. Debajo de su colchón yo había puesto dos pistolas .38 y unos narcóticos. Sobre eso dormía”.

Como Darrel no pasó por la universidad, se libró del discurso académico que arrinconó hasta el absurdo cualquier referencia a los rasgos hereditarios. Alguien más instruído le achacaría la violencia de Jeffrey a la familia adoptiva, o a las armas y a la droga que su padre puso en la cuna.

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