Por: Julio César Londoño

De Voltaire a Llinás

Desconfiado pero curioso, el cerebro humano tiende a la experimentación. Su sed de absoluto, su afán por encontrar la teoría total, lo lleva de manera inevitable al laboratorio.

Esta obsesión afecta por igual a artistas y a hombres de ciencia.

Entre los experimentadores no científicos, se destaca Voltaire, que vivió siempre interesado en la ciencia, concretamente en el flogisto, una potencia, se pensaba, presente en el interior de las sustancias inflamables. Para atraparlo, Voltaire quemó tronquitos pintados de amarillo o blanco, gruesos o delgados, largos o cortos, en cajas cerradas o abiertas (¡estuvo cerca del secreto!). Los pesó antes y después de la combustión, y pesó también las cenizas, pero no pudo llegar a un resultado claro y concluyente. A veces los troncos blancos ardían mejor, a veces eran los amarillos... a veces los largos... las “leyes” que encontraba tenían vidas muy cortas. Al final escribió esta resignada proposición: “La única ley segura es que no siempre se cumplen las leyes”. (E. M. Foster, El laboratorio de Voltaire).

Wilhelm Reich, el padre de la antipsiquiatría, vivió convencido de que la masturbación, por mano propia o ajena, amorosa o mercenaria, tenía virtudes terapéuticas extraordinarias. Su bondad se evidenció cuando propuso la construcción de moteles gratuitos para estudiantes. Descubrió que la libido, los instintos y la creatividad eran apenas manifestaciones particulares de una fuerza general, la energía orgónica. En 1946 construyó un condensador, la “caja orgónica”, una especie de cabina hiperbárica “capaz de potenciar esta energía y curarlo todo, desde el cáncer hasta la impotencia”. Las autoridades de Pennsylvania lo acusaron de fraude y lo encarcelaron. Una turba puritana quemó la casa del sabio, con caja y todo, y la humanidad tuvo que esperar siglo y medio para recuperarse, parcialmente, con el viagra, de semejante pérdida (Gay Talese, La mujer de tu prójimo).

Cuando se retiró, desengañado de Hollywood, a vivir en su isla de Tetiaroa, Marlon Brando pasó muchos meses tirado en la playa. Parecía una divinidad polinesia, una ballena sagrada encallada en las arenas de la decepción. En realidad estaba diseñando unos curiosos experimentos mentales-eléctricos-orientales. Biofeedback, los llamó siguiendo el nombre sugerido por un amigo suyo, un ingeniero electrónico que le construyó un aparato que registraba la variación de la profundidad de su pensamiento (ondas alfa, theta, beta o delta) mediante unos cables que iban de las yemas de sus dedos a un osciloscopio. Brando aseguraba que podía controlar su mente a voluntad, y llegó a retar a los médicos a que le practicaran una cirugía sin anestesia. (M. Brando, Las canciones que mi madre me enseñó).

Rodolfo Llinás ha inventado 74 dispositivos para atrapar a una entidad arisca, la conciencia (prima del éter, el flogisto y la Justicia). Entre otros, ha ideado medidores de alta precisión para registrar los cambios de voltaje y de corriente eléctrica que suscita, en un punto dado del sistema neuronal, un estímulo equis. Como son cambios muy tenues (el cerebro consume unos 12 vatios por hora, la mitad del consumo de un bombillo doméstico) tienen que ser aparatos muy sensibles. El más conocido es el magneto-encefalógrafo, un prodigio nanotecnológico —96 microelectrodos en un milímetro cúbico— capaz de medir la actividad nerviosa del cerebro de un pájaro dormido. (J. C. Londoño, Nuestros ídolos).

Amo a los médicos. Hace quinientos años trepanaron miles de cráneos en busca de “la piedra de la locura”. Luego inventaron el inconsciente y otros fantasmas. ¡Ahora quieren fotografiarlos!

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