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Armando Montenegro 17 Nov 2012 - 11:00 pm

La decadencia española

Armando Montenegro

España es un país que parece condenado a vivir con la certidumbre de que todo tiempo pasado fue mejor. El eterno fantasma de su historia moderna es su propia decadencia.

Por: Armando Montenegro
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Después de la mítica época dorada, que se prolongó, según algunos analistas, desde los días de los Reyes Católicos hasta los del Conde-Duque de Olivares, vinieron años de miseria, mal gobierno, fanatismo, oscuridad, aislamiento y la humillación internacional. A esto, más adelante, se sumaron los repetidos desastres del siglo XIX: la pérdida de las principales colonias americanas y la derrota en la guerra con Estados Unidos, uno de los temas centrales de las reflexiones de la llamada Generación del 98 y de los historiadores de todas las épocas.

Al final del siglo XX, estas historias sombrías parecían superadas para siempre. Después de la muerte de Franco, España se convirtió en una próspera democracia, optimista, abierta a Europa y al resto del mundo. Los signos exteriores de su pujante progreso eran evidentes: sus autopistas, trenes de alta velocidad, museos, aeropuertos, bancos y empresas multinacionales, sus sonados éxitos culturales y deportivos. La decadencia parecía cosa del pasado.

En forma paradójica, el momento culminante del ascenso reciente de esa nueva España fue toda una caricatura: la reunión de Aznar con Bush y Blair en las Azores en marzo de 2003, cuando se decidió la absurda guerra contra Irak. Con su fantoche pretensión de que su país estaba, al lado de los grandes, incidiendo en los asuntos mundiales, Aznar, consciente o inconscientemente, trataba de emular a los emperadores del siglo XVI.

La gran prosperidad económica de la última década fue en buena parte el resultado de una gran burbuja de los valores de la finca raíz, impulsada por el crédito fácil e irresponsable. Con el abrupto final de la ilusión económica surgió un país en recesión, con millones de desempleados, un gobierno en bancarrota y una población sin esperanza. El retorno del crecimiento no está a la vista y el desempleo de los jóvenes supera el 50%. Y quienes se han lanzado, una vez más, a la huelga general, saben que los gobernantes no tienen ni conocen la solución a sus problemas.

La independencia de Cataluña y el País Vasco puede ser una realidad. El malestar económico ha sido hábilmente encauzado por políticos nacionalistas en contra de Madrid y el resto de España. Y los gobernantes del PP, tradicionalmente ineptos para lidiar con las autonomías, parecen incapaces de hacer frente al desafío. Hoy no se puede descartar que, en algunos años, si no se hallan fórmulas satisfactorias, España termine dividida en tres países pequeños, relativamente pobres y marginales en el concierto internacional (dentro de un mapa de la península que tendría alguna semejanza con el del siglo XIV).

A medida que se profundiza la crisis, muchos de sus habitantes, sumidos en la desesperanza, deben pensar que lo mejor de la vida española fue un episodio remoto, que se dio en la época del Imperio, sus capitanes y conquistadores, o muy cercano pero efímero, en los breves años que hoy parecen irrepetibles, a la vuelta del siglo XX, un período brillante, lleno de optimismo, que terminó en el gobierno de Zapatero.

Ojalá que todo esto no sea más que un mal sueño y que España pueda volver a ser el país pujante que no hace mucho se encontró con la democracia y la prosperidad.

 

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