Por: María Elvira Bonilla

En defensa de la política

El resultado adverso frente a la vieja disputa territorial y marítima de Colombia con Nicaragua, que colocó al pequeño país centroamericano como el gran ganador, tiene responsables.

 Responsables políticos, en los que se incluyen presidentes y cancilleres y congresistas durante los últimos gobiernos, que debieron responder con anticipación y perspectiva unas pretensiones que vienen cocinándose desde el triunfo de la revolución sandinista en cabeza de los hermanos Ortega, hace ya treinta años. Pero el servicio exterior colombiano es uno de los sectores institucionalmente más atrasados del país, carente de profesionalismo y frente al que ningún presidente ha querido darse la pela y sacrificar el fortín burocrático de dádivas y prebendas con las que a través de embajadores, cónsules y todo tipo de nombramientos en la llamada diplomacia se complacen amigos y se pagan favores electorales de toda índole.

La impresión ciudadana es que con el tema de Nicaragua se cometieron errores estratégicos y a pesar de las decenas de técnicos que asesoraron a los gobernantes, el saldo final es altamente negativo. Un resultado que revive ese mal sabor que existe de manera generalizada frente a la política y los políticos y que no se soluciona con rasgarse las vestiduras ni acompañar marchas de protesta como hicieron el expresidente Uribe en San Andrés y el presidente Santos con su reacción bravucona, que no le pega, dejándose incluso llevar hasta el extremo de sugerir desacatar el fallo. Un discurso de cara a la tribuna con el que buscó despertar un nacionalismo trasnochado, sin señalar ni asumir responsabilidad alguna, intentando incluso, en un primer momento, minimizar el tamaño del lío en el que se está.

Esa capacidad de lavarse las manos, de pasar de agache, de no dar la cara para enfrentar los problemas con grandeza, alimenta el sentimiento antipolítico generalizado en el mundo, especialmente entre los jóvenes que ven esta actividad como oportunista, ventajosa e inútil. Contrasta esto con el mensaje que el director de cine Steven Spielberg ha querido transmitir con su ultima película, Lincoln, en la que finalmente termina reivindicada la Política, con mayúscula, como uno de los ejercicios humanos más nobles y benevolentes cuando se traza grandes propósitos. Reivindica su capacidad transformadora única, como se dio en el caso de Lincoln y el líder forjador de la democracia norteamericana.

El personaje que retrata Spielberg es un ser humano altruista, con convicciones morales y el coraje que tuvo un Lincoln para tomar riesgos e incluso sumergirse en los vicios, leguleyadas y trampas de la práctica legislativa para sacar adelante un sueño solitario en sus inicios. La película, todo un éxito taquillero, celebra las virtudes de la política cuando logra involucrar compromisos y decisiones personales con el bien común, propósitos liberadores que modifican realidades y abren oportunidades para hacerle la vida mejor a la mayoría de los ciudadanos. La política en estos tiempos no produce muchos Lincolns, y es una lástima, pero al menos la película permite volver a creer en que estos héroes de carne y hueso pueden existir.

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