Por: César Rodríguez Garavito

En defensa del silencio

Nada más impopular en un país estrepitoso que el silencio. Nada más escaso en el mundo digital que la quietud. Así es imposible concentrarse, pensar. Y así nos va.

Digo esto, en parte, para defender el artículo del proyecto de Código de Policía que permite imponer una multa de $80.000 a los vecinos ruidosos reincidentes, conmutable por un curso de cultura ciudadana. Quien viva en un edificio sabe a qué me refiero: al insomnio colectivo a causa de los que levantan las paredes con música un martes a medianoche; a las estériles llamadas de los vigilantes a las dos de la mañana; a los policías que (si aparecen milagrosamente a las 4 a.m.) sólo pueden hacer anodinas reconvenciones. Hablo de mis vecinos y tantos otros que traen hasta el umbral de nuestras habitaciones el alboroto incesante de la ciudad, al que procuramos escapar por unas escasas horas de paz.

Pero el ruido no es sólo un asunto doméstico, una combinación de la desconsideración humana y el desventurado invento del drywall. Nuestras vidas todas parecen estar a máximo volumen todo el tiempo. No es apenas el bullicio callejero, el de los pitos, los tubos de escape, los radios a todo pulmón en taxis y buses, o esos portentos de la acústica popular que son los “picós” caribeños.

Pienso, sobre todo, en los espacios cerrados, diseñados cada vez más para producir tantos decibeles como sea posible. En las oficinas, los cubículos hacen rendir el espacio a costa del silencio y la concentración. Restaurantes y bares forran las paredes con televisores que nadie ve, pero que vuelven imposible enfocarse en la conversación con un amigo. Los vendedores de la barahúnda visual y auditiva nos persiguen en el baño, el último bastión de privacidad y silencio. Sabedores de que el último tabú universal que le queda al género masculino es mirar a los lados en un orinal, han instalado pantallitas que destellan propagandas a la altura de nuestros prisioneros ojos.

¿Hasta allí hemos llegado? En realidad, más lejos. Porque al ruido y la distracción presenciales se suman los virtuales: la insuperable tentación de ver el correo electrónico cada cinco minutos, el torrente sin fin de Twitter, el carrusel simultáneo de Facebook, las sonidos que anuncian la llegada de otro mensajes de texto o el inicio del siguiente chat.

Por eso digo que concentrarse se ha vuelto un prodigio. En Estados Unidos, por ejemplo, el trabajador promedio no dura más de tres minutos sin ser interrumpido, según un estudio reciente. En Colombia, apostaría que el promedio sería aun menor.

Somos un país, una especie, de distraídos. “La distracción es el único consuelo para nuestras miserias —escribió el filósofo francés Blaise Pascal—, pero es también la mayor de nuestras miserias”. Porque muchos de los pensamientos y sentimientos esenciales para la existencia personal y social —desde la formulación de conceptos y la solución de problemas hasta la empatía y la compasión— resultan de procesos lentos, que requieren introspección o conversaciones sosegadas.

De ahí que “mientras más formas tenemos de conectarnos, con más desesperación queremos desconectarnos”, como escribió el ensayista inglés Pico Iyer en El goce del silencio. Algunos invierten en audífonos y ventanas que bloquean el ruido. Otros recurrimos a programas como Freedom, que operan el milagro de bloquear internet y nos permiten escribir por unas horas. Muchos intentan recobrar la conciencia del aquí y el ahora haciendo yoga o meditación, o buscan reconectar las dispersas neuronas caminando por el campo. Los más radicales y pudientes se van a vivir a las montañas, donde no entren ni el celular ni la internet.

Hay un gozo inmenso en la bulla del trópico; no cambiaría por nada la conversación alegre que se oye en cada rincón de este país. Pero el ruido ya tiene abogados de sobra. Va siendo hora de defender el silencio.

 

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