Por: Ana María Cano Posada

Deformación

Un espejo que refleja la cara del desvarío social son los muchachos “incorrectos”.

No disimulan el malestar ni el odio ni el sinsentido con el que han sido alimentados en su niñez, desprovistos de cuidado y futuro. Sobresalen con sus actos de matoneo en planteles de todo nivel social y también por tempranos actos delictivos individuales o masivos con los que desfogan la presión de maltratados o ignorados. Crecen silvestres las malas hierbas, resultan de un terreno abrupto que deja crecer jóvenes que luego increpan a la sociedad de la que son producto pero que ella desconoce.

Los dos hermanos que fabricaron en la cocina bombas artesanales para ocasionar el mayor daño al finalizar la Maratón de Boston, luego de investigaciones forzosas se sabe que estaban marginados por origen, religión y una nula identificación con el estilo de vida norteamericano que les era incomprensible. Una vez hecho el daño, todo el país que los alojó vuelve su atención hacia ellos y decide como gran concesión que juzgará al muchacho de 19 años que sobrevivió a la persecución a través de un proceso civil y no uno militar, que se tiene para quien es declarado enemigo.

Habría que sumar cuántas masacres ha habido en colegios y universidades norteamericanas, en las que un maltratado equis resuelve vengar su malestar contra sus compañeros sin que el sistema educativo entero tenga ante estos hechos una mínima inquietud ni construya una plataforma de debate nacional para revisarse, y en cambio actúa culposo después de los actos, sin adelantarse a ellos.

Se le suma a la crianza desajustada, determinada por patrones de consumo, incomunicación y sinsentido, la delirante publicidad que obtienen los jóvenes autores de masacres o actos de terror y que los convierte por una temporada en superhéroes, como los del cine. Guasones, pues. Estas celebridades oscuras son secretamente admiradas por sus coetáneos que envidian este estrellato.

En Colombia existe la escala de malas hierbas correspondiente, que son plaga (en el sentido de generalizada), abonada con el maltrato que aquí es institucional y familiar. Tenemos el caso reciente del muchacho de 19 años con 32 asesinatos encima, que había comenzado a producirlos por contrato como quien entra al mundo laboral y que contó cómo su papá le dejó dos legados: correazos y angustias económicas de no tener con qué mantener a los hijos. Ambas cosas las corrigió el aprendiz maltratando a quienes no eran su padre y recibiendo salario por esto.

Un indicador al paso sobre la talla del problema: sólo en el Valle, en 2012, ingresaron al sistema penal 3.688 adolescentes, según dato del ICBF, y 690 jóvenes habitan en constante estado de enervamiento en dos centros de reclusión que dirige ese instituto. Explican los guardias que tienen un síndrome de abstinencia de drogas y de uso de celular.

Por otro lado, la proporción de matoneo escolar es epidémica en Colombia, lo que garantiza que la violencia repita su matriz en nuevas generaciones. Tampoco este asunto toca a nadie distinto a un puñado de académicos y organismos de buena voluntad que tratan de paliar este síntoma de enfermedad social. Pero como no es enfermedad holandesa ni enfermedad electoral, entonces la hacemos esperar sin atenderla, ignorando la amenaza de cuánto empeora con la desatención.

Igual que los muchachos descorregidos, que al no haber recibido un cuidado al comienzo de su vida deciden tomar retaliación por sus propias manos, demostrando cuánto saben dañar. Este es el espejo en el que se ve la cara deforme que no se reconoce. Es la nuestra.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Ana María Cano Posada